LA PESADILLA DE UN PROFESOR ABSUELTO DE UNA ACUSACIÓN DE ABUSOS SEXUALES A UNA NIÑA DE 3 AÑOS

 

Diario de Gipuzkoa

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Un profesor de Hernani

“He vivido una pesadilla durante seis años”

Ingresó en prisión y tuvo que soportar amenazas de reclusos que le acabaron pidiendo perdón. Un profesor de Hernani relata a NOTICIAS DE GIPUZKOA su calvario tras una falsa acusación de abusos sexuales a una menor.

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| –>Patxi Bereziartua, profesor de Hernani, en la playa de la Zurriola, junto al instituto donde da clases en la actualidad. Foto: Gorka Estrada

Patxi Bereziartua, profesor de Hernani, en la playa de la Zurriola, junto al instituto donde da clases en la actualidad. (Gorka Estrada)

Patxi Bereziartua, profesor de Hernani, en la playa de la Zurriola, junto al instituto donde da clases en la actualidad. Foto: Gorka Estrada 

“En la cárcel recibía unas 20 cartas diarias de apoyo; algún funcionario estaba cansado de tanto correo” “Uno de los reclusos me puso el cuchillo en el cuello, y otro me decía que me iba a matar” “Ha sido duro, pero lo más importante es que he sido absuelto de todo”

Donostia – “¿Patxi Bereziartua?

-“Es un tema privado. Queremos hablar con usted”.

Una llamada un tanto desconcertante alteró la rutina de este docente el 12 de junio de 2009. ¿Qué podían querer de él? La Ertzaintza requería la presencia de este profesor de Hernani en una jornada en la que, aparentemente, nada anómalo parecía haber ocurrido. Aquel mes de junio de hace seis años, la Ikastola Urumea, en horario de media jornada, miraba ya al periodo estival. El maestro había dejado a sus escolares de Educación Infantil en el comedor, a eso de las 12.15 horas. Todo parecía normal, aunque una de las niñas de tres años del otro talde no había acudido a clase.

“Conforme me acerqué al lugar en el que habíamos quedado tras aquella llamada, pude reparar en la importante presencia de furgonetas de la Ertzaintza. Fue entonces cuando me dijeron que habían recibido una denuncia contra mí por supuestos abusos sexuales a una niña. Yo no entendía nada, no daba crédito”, relata Bereziartua, de 46 años.

El mismo profesor que atesoraba dos décadas de trabajo en este centro, un hombre de trayectoria irreprochable, querido y reconocido por tres generaciones de hernaniarras, estaba siendo esposado y trasladado a su domicilio, donde los agentes rastrearon hasta el último rincón en busca de pruebas. “Saca las fotos de las niña, es mejor para ti”, le insistía la policía en los primeros compases de la investigación.

El profesor había sido denunciado por una pareja en proceso de separación cuya hija acudía al mismo centro escolar. Los padres habían llevado a la pequeña a un centro sanitario y, tras una exploración, la médico que le atendió sospechó que podía haber sido víctima de abusos sexuales, un extremo que desmontaron ginecólogas y un sinfín de testigos durante la celebración del juicio. La Audiencia de Gipuzkoa le ha absuelto recientemente. El tribunal considera que no existe fundamento alguno para atribuir al docente la comisión de los hechos imputados y agrega que ni siquiera existen razones para pensar que los hechos existieran.

El fallo se ha conocido recientemente, y con él Bereziartua quiere lavar su imagen definitivamente. “He sido absuelto de todo, y ya nadie puede dudar de nada”. El profesor no olvida lo ocurrido y relata a NOTICIAS DE GIPUZKOA “los seis años de pesadilla que he vivido”, durante los cuales no ha podido ejercer de profesor. “Ha sido duro, con un importante coste económico y psicológico, aunque lo más importante es que he salido absuelto de todo”, confiesa en un bar cercano al instituto donde trabaja actualmente. De algún modo, ha sido un paréntesis de seis años en una vida que deja atrás un doloroso episodio.

Rastreo

“Saca las fotos de la niña”, le decían aquel maldito día. Los agentes se llevaron un ordenador y una cámara de fotos, que de poco sirvió en el curso de la investigación. En su propio domicilio, esposado, en la calle Mayor de Hernani, no tardó en trascender en el municipio el rastreo al que estaba siendo sometido aquel profesor ejemplar del que casi nadie sospechó. Salvo “seis vecinos” que le retiraron el saludo, el resto del municipio ha puesto siempre la mano en el fuego por su inocencia . “Tras el rastreo, aquel día me sacaron de casa para trasladarme al calabozo. Esa noche no pegué ojo, me la pasé llorando”. Le habían desprovisto de todo tipo de pertenencias. No sabía ni la hora que era. La luz permaneció encendida durante toda la noche, y solo la apagaron a las 8.00 horas, cuando ya clareaba. “Ahora vamos a entrar, y vas a ver lo que es bueno”, le amenazaron.

Seis años después, Bereziartua va tomando de nuevo el gobierno de su vida aunque reconoce que tiene altibajos, y toma desde entonces pastillas para dormir, además de seguir un tratamiento psicológico.

El recuerdo de aquel día es como un borrón: los vecinos que se arremolinan en torno a su domicilio, el abogado de oficio que le indica que tienen que trasladarse al Juzgado… “¿Pero no me llevarán a la cárcel?”, insistía sin dar crédito. Efectivamente, tras el interrogatorio el juez decretó su ingreso en prisión mientras el docente trataba de aferrarse a una explicación que no llegaba por ninguna parte: “¿Pero esto qué es? ¿Pero esto qué es?”, le imploraba a su abogado de oficio que, acostumbrado al bálsamo de la palabra, no dio en aquella ocasión con la fórmula para calmar a su cliente.

Antes de su traslado a la prisión de Martutene, el arrestado tuvo que aguardar en los calabozos del juzgado, donde escuchó otra de esas frases que no quisiera haber oído jamás. “Sí, sí, llora ahora, que cuando entres en la cárcel vas a saber lo que es llorar de verdad”, le dijo una trabajadora.

Bereziartua da rienda suelta a su dolor y prosigue su relato recordando su ingreso en prisión, donde permaneció mes y medio. Sus hermanos se temían lo peor. Estaban convencidos de que daría muestras de flaqueza a las primeras de cambio. ¿Cómo iba a aguantar un chico tan sensible como él? “Las primeras semanas lo pasé fatal. El abogado me recomendaba que no dijera nada sobre el motivo de mi ingreso para evitar problemas. Compartía celda con seis personas. De aquella época se me ha quedado grabado el sonido del cierre metálico de las puertas”.

Transcurrían los días, y el letrado seguía aconsejándole que no dijera nada, pero los reclusos veían la tele, escuchaban las noticias, y un día comenzaron a atar cabos.

– “¿Tú cómo te llamas?”

-”Patxi, soy profesor”, respondió sin titubear ante los reclusos, desoyendo las recomendaciones del abogado, convencido de que nada tenía que ocultar. Así, poco a poco, el caso se fue haciendo de dominio público.

Un cuchillo en el cuello

En el día a día, lo primero es el desayuno, y tras limpiar la celda, los reclusos salen al patio, donde no es extraño el cruce de miradas con los internos recién llegados. “Me dijeron si quería salir solo para evitar problemas, de manera que no estuviera con el resto de la gente. Yo les dije que no porque era inocente”. En aquellos encuentros tuvo que oír de todo. “Uno de ellos me puso un cuchillo en el cuello. Otro me amenazó diciendo que como fuera cierto lo que estaban oyendo por ahí me iba a enterar. Otro gritaba: Mira, mira, ese es el pederasta. En cuanto vayamos a comer, te vamos a matar. No llegaron a tocarme, pero me dijeron de todo. He vivido seis años de pesadilla”.

Con el paso del tiempo, Bereziartua fue aprendiendo a manejarse con la ley no escrita de la cárcel. “Cada recluso tiene asignado un lugar a la hora de comer. Un día me senté en el lugar equivocado, algo de lo que no tardé en darme cuenta tras escuchar un atronador: ¡Fuera de aquí!”.

Pero no todo fue tan malo. Entre sus mejores recuerdos durante la estancia en prisión figura “un buen amigo” de Lasarte-Oria, veterano recluso a quien todos respetaban, cuya amistad le preservó de contratiempos añadidos. “Lo primero que me dijo fue que si alguien me decía algo, acudiera donde él. Yo había entrado a la cárcel con las chancletas y el niqui, lo que llevaba puesto aquel día de la detención, y la verdad es que no tenía ni idea del funcionamiento del centro penitenciario”.

De hecho, su familia -con quien mantuvo varios bis a bis- le mandaba dinero, que él gastaba en el economato. “Me compraba un paquete de tabaco y yo daba cigarros a todos aquellos que me lo pedían. El amigo de Lasarte-Oria me aconsejaba que no fuera tan generoso porque me iba a quedar sin nada”. Una muestra más de su carácter bondadoso, que tantas amistades le han granjeado.

De hecho, al otro lado de los muros fue constante el apoyo de Hernani, e inquebrantable la convicción de sus gentes por la inocencia del profesor. Todos los domingos se celebraban frente a la cárcel concentraciones de amigos, familiares y vecinos que ponían la mano en el fuego por él, familias que siempre habían cruzado los dedos para que a sus pequeños les asignaran un profesor como Patxi, siempre tan atento y dispuesto. “Cada vez que había una concentración, me subía a la tercera litera de la celda, donde apenas podía verles a través de una pequeña ventana”, rememora.

El apoyo fue constante. “Recibía unas 20 cartas diarias, cuando a muchos reclusos no les llegaba apenas nada. Era tan fluido el correo que tengo la sensación de que algún que otro funcionario estaba ya un tanto cansado”, bromea.

Y en ese contexto fue cuando comenzó a relacionarse con otros internos, y a dejarse ver por el patio, libre de ataduras y desprovisto de temores. De alguna manera, el lento pero inexorable proceso judicial y el apoyo que le brindaba tanta gente hizo cambiar de parecer a los reclusos más hostiles. “Al final, todos ellos, un mes después de entrar, me pidieron perdón por todas las amenazas que habían vertido hacia mi”, reconoce.

Pero no todo estaba ganado. El 30 de julio habló con su abogado, a quien le trasladó su preocupación porque de no salir de inmediato de la cárcel, su puesta en libertad podía demorarse hasta después del verano, algo que no estaba en condiciones de soportar. “Al día siguiente me llamó un funcionario y me dijo que salía a la calle”. Sus hermanos le esperaban. “Fue una amiga la que me recomendó que contratara a un buen penalista, y me hice con los servicios de Miguel Castells, quien creyó en mí desde un principio”. Gracias a su buen hacer, Patxi disfruta ahora de una libertad que nunca debió haber perdido.

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