Qué se entiende por “violencia institucional”

<!–por Gabriel Di Meglio–>El manual “Los derechos humanos frente a la violencia institucional” elaborado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación explica que el término “violencia institucional” abarca desde la detención “por averiguación de antecedentes” hasta las formas extremas de violencia como el asesinato (el llamado “gatillo fácil”) y la tortura física y psicológica.

 e detalla que al hacer referencia a la violencia institucional se hace alusión a situaciones concretas que involucran “necesariamente” tres componentes: prácticas específicas (asesinato, aislamiento, tortura), funcionarios públicos (que llevan adelante o prestan aquiescencia) y contextos de restricción de autonomía y libertad (situaciones de detención, de internación, de instrucción).

Se expresa también las prácticas estructurales de violación de derechos pueden ser llevadas a cabo por parte de funcionarios pertenecientes a fuerzas de seguridad, fuerzas armadas, servicios penitenciarios, operadores judiciales y efectores de salud en contextos de restricción de autonomía y/o libertad (detención, encierro, custodia, guarda, internación).

Se aclara que no es lo mismo hablar de un asesinato que de un maltrato verbal, por lo que las prácticas consideradas como “violencia” son aquellas que dan cuenta de “acciones tanto individuales como colectivas, organizadas como espontáneas, ritualizadas o rutinizadas, legales o ilegales, intencionales o no intencionales”.

Además, se recuerda en el Manual que la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

“Nuestro punto de partida es considerar que el paradigma de los derechos humanos nos brinda un horizonte para abordar, analizar y modificar prácticas sociales que establecen valoraciones distintas para distintos grupos de personas”, dice el texto.

Expresa, además, que “este tipo de prácticas se fundamentan en distintos ‘motivos’ que varían a lo largo del tiempo y los lugares: el color de la piel, el lugar de nacimiento, los ingresos familiares, el sexo y la identidad sexual. Todas estas formas de violencia tienen como presupuesto la consideración de que todos los seres humanos no son igualmente dignos”.

Violencia Social

   1. Introducción

Violencia… es un fenómeno acerca del cual tenemos intensas vivencias; es parte de nuestra experiencia cotidiana.
En ocasiones, en forma invisible, su presencia acompaña nuestras interacciones diarias. Podría decirse que la violencia circula en nuestro entorno.
Nuestra sociedad está atravesada por la violencia, como toda sociedad de clases. Se establecen relaciones de poder entre dominadores y dominados, donde aparece la opresión, el autoritarismo y la discriminación.
Existen distintas formas de violencia en el mundo: guerras, asesinatos, torturas, desapariciones, para las cuales se han buscado diferentes formas de combatirla. Pero existe también la violencia intrafamiliar o doméstica frente a la cual nuestra sociedad no ha encontrado caminos de solución suficientes.
La violencia se ha hecho algo cotidiano, al punto que sólo consideramos como tal la agresión física o los atentados contra la propiedad, agresiones verbales, ” desmanes” en los estadios de futbol o espectáculos; esto lo observamos a diario en los medios de comunicación.
Sin embargo la sociedad convive con otro tipo de violencia que se desarrolla en silencio y por lo tanto no es noticia: mortandad infantil, desocupación, carencia de buenos servicios sanitarios, salarios paupérrimos, escasez de vivienda, etc., en definitiva, toda la sociedad experimenta la violencia.
La violencia doméstica pertenece a la esfera privada de cada individuo, pero no por ello es menos importante.
En nuestras aulas, reflejo constante de la comunidad, vemos niños que viven en un clima violento en sus casas, donde es muy probable que ellos mismos sean las víctimas.
Frente a esta realidad, el ser humano ha desarrollado mitos y prejuicios para comprenderla, así nos paramos frente a esta problemática con pre – conceptos que nos impiden abordar la situación; también nos paraliza el carecer de respuestas para esta realidad y no conocer el modo de operar sobre ella para modificarla.
En el aula, lo importante es saber que el docente desde su rol específico puede desarrollar únicamente una tarea de prevención primaria, promover el desarrollo de un entorno de contención y convertirse en guía en el momento de buscar ayuda; el tratamiento y el revertir la situación corresponderá a especialistas

2. Desarrollo

Hacia un concepto de violencia
La violencia se puede definir como el uso de una fuerza abierta u oculta con el fin de obtener de un individuo o grupo lo que no quieren libremente.
El tema de la violencia está estrechamente vinculado al poder, toda situación de violencia es una situación de poder.
Al analizar la manera en que se ejerce el poder en la sociedad lo hacemos desde una concepción jurídica.
Foucault señala que existen redes sociales en las cuales el poder circula y que el ejercicio del poder se fue modificando a lo largo de la historia. Antiguamente se ejercía el poder sobre la totalidad de la sociedad, pero al complejizarse la red de relaciones hay elementos que se escapan a su control; se hace necesario, entonces, un nuevo mecanismo que controle las cosas y las personas en cada detalle, de esta forma el poder se ejerce sobre el individuo y no sobre el cuerpo social en su totalidad.
Esta técnica de individualización se ve aplicada en el ejército y en la educación.
En la escuela se hace cotidianamente uso de técnicas de mantenimiento de poder y control del otro sin siquiera notarlo. Al concentrar cientos de alumnos, se busca la forma de que cada educando este bajo la vigilancia constante del docente; así aparecen las notas cuantitativas, los exámenes, los concursos, etc., que representan la posibilidad de ” clasificar a los individuos de tal manera que cada uno esté exactamente en su lugar, bajo los ojos del maestro o en la clasificación – calificación o el juicio que hacemos de cada uno de ellos” (foulcault, “Las redes del poder”). Por ejemplo, la ubicación en fila no es casual, permite individualizar a cada uno y ejercer un control sobre ellos.
Como en los grupos, en una clase social, en la sociedad existen mallas de poder y cada individuo tiene una localización exacta en esa red de poder.
La violencia es un fenómeno sobre el cual experimentamos muchas vivencias. Nos rodea y la mayoría de las veces como una presencia ” invisible” acompaña nuestras interacciones diarias.
En nuestro mundo privado, familia y amigos, buscamos por todos los medios evitar que el maltrato circule y nos dañe; pero la violencia se desarrolla en diferentes ámbitos: social, político, económico, y por supuesto el familiar. Sin embargo, en nuestra sociedad, consideramos a la familia como un reducto de amor en donde nos parece inaceptable la coerción física o psíquica.
La violencia doméstica o familiar no es un problema moderno, pero sólo en las últimas décadas la sociedad parece preocupada por ponerlo de manifiesto y hallar soluciones.
El término ” violencia familiar” hace referencia a una situación de poder y alude a todas las formas de abuso que se dan en las relaciones entre los miembros de la familia; entendiendo por relación de abuso toda conducta que, por acción u omisión, ocasiona daño físico y / o psicológico a otro miembro de la familia. Para hablar de violencia familiar, esta relación de abuso debe ser crónica, permanente o periódica; en este concepto no se incluyen las situaciones de maltrato infrecuente o esporádico.
En general la violencia es ejercida sobre los miembros más débiles de la familia, niños, mujeres y ancianos y es el adulto masculino quien más frecuentemente utiliza las distintas formas de abuso. Existen casos de hombres maltratados, pero constituyen alrededor del 2 % de los casos.

Las formas de abuso que existen son: físicas, sexuales o emocionales.
El tema de la violencia familiar es un problema social. Comúnmente se cree que al desarrollarse en el ámbito privado de al familia es una cuestión de cada uno; pero si consideramos que cualquier acto de violencia de una persona contra otra es un crimen, este problema deja de ser privado para ser social; dado que los mismos se proyectan sobre la comunidad con distintas manifestaciones, respondiendo éstas al origen del acto sufrido pasivamente. Por ejemplo personas sometidas a situaciones crónicas de violencia familiar presentan: debilitamiento progresivo, traduciéndose en enfermedades psicosomáticas, depresión, disminución en el rendimiento laboral.
Los niños que prenden en su hogar modelos de relación violentos tienden a reproducirlos a través de conductas delictivas o actos de maltrato.
En la mitad de los hogares argentinos se ejerce alguna forma de violencia; muchas de estas situaciones pasan inadvertidas porque el maltrato es de índole psicológica no dejando huellas observables en lo físico. Pero las mismas dejan ” marcas” en lo psíquico a quienes la padecen.
No debemos de olvidarnos de los medios de comunicación, que día a día ponen frente a nosotros su dosis de violencia. Cuando ésta aparece en filmes es sencillo explicar que no es más que una película, pero hay otro tipo de violencia que se ejerce sobre el adolescente, quien en busca de su identidad toma a veces como modelos esos prototipos de violencia para manejarse en el medio social en el que actúa.
Es necesario que desde nuestro rol de educadores estimulemos el desarrollo de una visión crítica frente al manejo de la información que realizan los medios de comunicación masiva.

Violencia en la escuela.
Desde hace algunos años vemos como noticia en los diarios distintos hechos que hablan de la violencia dentro de las escuelas; todo ha llegado al punto que, lo que antes nos sorprendía, hoy parece un dato más, una anécdota más dentro de las aulas.
Para comprender estas situaciones de violencia debemos reflexionar sobre ellas, teniendo en cuenta el contexto social, es decir, el marco en el cual se desarrolla la vida de la institución escolar y las relaciones internas que existen.
Analizamos en primer término la estructura interna, las relaciones internas que se dan en la institución escolar.
Si consideramos que el niño puede estar oprimido dentro del sistema educativo, primero debemos comprender esta estructura de opresión, que no solamente oprime al chico, sino también al docente, es decir, tomar un abordaje global en el cual no hay víctimas ni victimarios, no es el docente el victimario y el niño la víctima.
Una primera mirada nos podría señalar que es el maestro quien detenta el poder y entonces es el victimario, pero esto no es así porque ” el docente es tan víctima del sistema educativo como el alumno. El docente está socializado en una sacralización, en una idealización del método educativo, y está excluido en la elaboración de los planes, está enajenado de su propia necesidad, hay un discurso del poder que le marca al docente un ideal.” ( Ana María Quiroga).
Por eso, al hablar de la opresión del sistema educativo no debemos dejar de lado al docente y tomar únicamente al niño.
La experiencia cotidiana nos hace saber que en las escuelas existen relaciones de poder, que hay un desempeño de autoridad de los directivos y de los docentes, que en muchos casos se sigue privilegiando el modelo pedagógico tradicional y que son elementos que tienen que ver con la dinámica institucional y que pueden incidir para que la violencia se potencie o para que se produzcan cosas que hagan lugar a la violencia. Las relaciones existentes dentro de la institución serán las que favorezcan o desalienten la existencia de violencia.
Hay escuelas donde los niños están entusiasmados en diversos proyectos, donde son protagonistas y partícipes, donde pueden canalizar sus energías; en estos lugares es más difícil que aparezcan casos de violencia; pero en otras instituciones educativas hay sistemas internos altamente autoritarios, donde podría pensarse que la violencia no debería existir, pero el día que falta la figura que representa la autoridad se producen los hechos de violencia.
La escuela es una construcción social específica y en cada una de ellas se van a desarrollar prácticas particulares que van a tener un modelo disciplinario o el modelo pedagógico que comparte esa comunidad educativa.
Algunas escuelas teniendo en cuenta el contexto en que están inmersas generan prácticas donde el niño puede encontrar su propio espacio para el desarrollo de sus potencialidades. Se persigue que el niño adquiera diferentes niveles de responsabilidad, teniendo en cuenta sus posibilidades reales y tendiendo al desarrollo de la autogestión. Este modelo tiende a que el niño aprenda a manejar su libertad con responsabilidad y respetando a sus semejantes, sin perder la institución escolar su función normativa. No se trata de generar un sistema permisivo, se apunta al desarrollo de la responsabilidad.
Lo importante es no descontextualizar al niño, sabemos que trae aprendizajes previos adquiridos en el proceso de socialización primaria; en su familia existen pautas de transacción que vamos a ir conociendo, que son parte de él.
Conociendo todo podremos buscar el modo de evitar que el niño entre en conflicto al presentársele normativas diametralmente opuestas; el conocer nos permitirá modificar poco a poco la situación y permitir que ocurran nuevos aprendizajes paulatinamente.
Si sometemos al niño a una normativa totalmente diferente, entonces entrará en conflicto y es así como muchas veces ocurre el fracaso escolar; la escuela no es capaz de contener en su seno a los educandos, eso tiene que ver con la descontextualización.

Violencia en la E.G.B.
Si analizamos el fenómeno de la violencia en la escuela primaria, buscando relación con distintas variables podemos encontrar a partir de la comparación entre muchos casos que hay un punto fundamental que los une: la violencia está estrechamente ligada con la crisis socio – económica.
La familia al carecer de los medios económicos debe generar estrategias de supervivencia para sobrevivir; entendiendo por éstas a las distintas alternativas que el ingenio popular desarrolla para sobrevivir, para dar respuesta a sus necesidades básicas. Por ejemplo, hay familias que viven en la calle, desmembrándose; los niños van a trabajar a corta edad exponiéndose a diferentes riesgos. Niños que alternan el mundo del trabajo con el mundo escolar, con pautas totalmente opuestas, en su labor de subsistencia aprende por fuerza conductas violentas que luego repite en la escuela.
Los comportamientos esperados de él en su familia son los esperados en la escuela. Es así como entra en conflicto.
En el mundo del trabajo, en general desarrollado en la vía pública, ha aprendido a manejar un modelo de relación distinto, es el modelo del ” más fuerte”, del ” sálvese quien pueda”, del ” que pega primero, pega dos veces”; en la escuela el modelo es el opuesto: ” debes ser bueno”, ” pórtate bien”, cumplir con lo que te indican los mayores.
Otra diferencia está dada por la recompensa que obtiene en uno y otro ámbito; fuera de la escuela su recompensa es material, mientras que en ésta es moral, abstracta. Es éste otro punto de conflicto, el niño está acostumbrado a ” ver” su recompensa frente a las conductas.
En síntesis, el chico que participa de las estrategias de supervivencia familiares, lo hace la mayor parte del día; el resto del tiempo concurre a la escuela, aunque no siempre con regularidad.
Evolutivamente es distinto de los otros niños, su realidad lo ha hecho madurar distinto, sus preocupaciones y su historia son distintas.
La escuela sanciona al niño que no actúa de acuerdo a lo que la institución espera de él. Nuestro desafía es buscar el camino para lograr que el niño permanezca en el sistema educativo, mostrándole alternativas de relación diferentes a la violencia.
Debemos repensar una respuesta pedagógica, en la cual sin perder lo normativo se articulen las necesidades de los niños. Por ejemplo, para vincularme con él, no voy a respetar su necesidad de robar, voy a establecer como norma que eso está mal, pero sí voy a ayudar a que encuentre la forma de conseguir recursos para la subsistencia, diferentes al robo, por ejemplo aprender un oficio.

Violencia en el Polimodal
En este nivel del sistema educativo también hemos visto el surgimiento de muchísimos hechos de violencia: violencia de alumnos a profesores, de profesores a alumnos, de alumnos entre sí.
Aquí se hace presente el ” conflicto generacional”.
La creación de este conflicto y su posterior resolución es la tarea normativa de la adolescencia. Sin este conflicto no habría reestructuración psíquica.
Los actos de independencia o de rebeldía, desde la desobediencia civil hasta la libertad sexual son frecuentemente:

  1. El resultado de rupturas violentas de las dependencias.
  2. Producto de privaciones, tratando así que, a través de estos actos, el mundo reconozca sus deudas y le restablezca el marco que perdió en algún momento de su vida.

Cuando no es así, el grupo que el adolescente encuentra para identificarse o en el conjunto de individuos aislados que constituyen un grupo, aparecen estos elementos de la lucha adolescente: violencia, estallidos, robos, etc. Si nada ocurre, los miembros se sienten inseguros respecto de lo real de su protesta. Si en cambio el acto es visible, si cobra notoriedad, los hace” sentir reales”, hará que se cohesionen. Estos actos pertenecen a todo el grupo, el grupo está cambiando y los individuos están cambiando a sus grupos, esto les permite ” sentirse reales”.
Winnicot dice: ” se trata de cómo ser adolescente durante la adolescencia algo que requiere una enorme valentía… Esto no significa que debamos decir miremos a estos adolescentes dedicados a vivir su adolescencia, debemos tolerar cualquier cosa y dejar que rompan las ventanas. No es esto lo que quiero decir, sino que es a nosotros a quienes se desafía y debe vivir ese desafío como parte de la vida adulta.”
Frente a esta realidad hay que repensar las prácticas, los contenidos, ver quienes son los destinatarios de esos contenidos, actualizarlos, y tratar de adecuar estos contenidos a la realidad.
La violencia que se puede generar es una emergente de la desarticulación que tiene la escuela con la realidad, es decir, no se tiene en cuenta que es lo que necesitan los chicos, esto es generar de alguna forma violencia.
El docente del adolescente debe manejar sus propios códigos, para ser reconocido. Tarea muy difícil ésta, dado que los mismos profesores ven en jaque su rol; esto se debe a que con la falta de presupuesto educativo es como si todo lo referente a la educación pierde el status y el valor que la educación merece.
El modelo de institución que se presenta, a veces, no tiene nada que ver con lo que ellos necesitan; el adolescente es transgresor, entonces hay que permitirle que haga cosas, darles sus propios espacios. Necesita construir un espacio con pertinencia, con producción, con respeto frente a lo que hace, con modelos con los cuales pueda identificarse, que le permitan que se sienta seguro y también que le puedan poner un límite, porque lo necesita. Así vamos a ver que las situaciones de violencia serían menores.
Sin embargo, no todas las escuelas son iguales, puede haber escuelas en las que esto sea factible. No es fácil pensar en una propuesta de cambio que reformule lo disciplinario en la escuela.

Violencia social y familiar
La violencia en el hogar y el maltrato a los miembros de la familia menos capaces de defenderse siempre ha existido, sin embargo se ha intentado tener oculta esta problemática hasta hace tiempo atrás, en que ha empezado a ser considerada como un problema social, tal como es.
Podemos definir el maltrato como una situación que no es accidental, en la cual una persona sufre un daño físico, se ve privado de sus necesidades básicas o es agredido emocionalmente; todo esto como resultado de una acción u omisión por parte de otro miembro de la familia.
En general, la naturaleza oculta del maltrato permite que la gente no vea, no escuche, no hable sobre la conducta que es totalmente contradictoria al sistema de valores socialmente aceptados.
Hay quienes sostienen que la familia es la institución social más violenta. Shauss afirma que: ” la violencia en la familia es más común que el amor y la palabra hogar no siempre está asociada a las palabras calor, intimidad tranquilidad y seguridad.”
Debemos tener en cuenta que la organización social de la familia se da dentro de un contexto cultural en el cual vemos que la violencia no sólo es aceptada sino también es tolerada y a veces estimulada.
Es importante señalar que los actos de violencia no son privativos de una clase social determinada, aunque comúnmente la vemos asociada a sectores marginales de la sociedad. Pueden ocurrir en cualquier clase social, en ambos sexos, en todos los niveles educacionales y en cualquier etapa del desarrollo familiar.
Se considera que la familia es el lugar donde el ser humano se desarrolla biológica y psíquicamente, construye su identidad; es ámbito de contención afectiva, de aprendizaje de conductas, de transmisión de valores. La violencia es una desviación social familiar.
Un grupo familiar cuyo modo de resolución de conflictos es violento, será un modelo para los hijos testigos de esa violencia, que repetirán las mismas conductas cuando formen sus propias parejas, constituyéndose esa situación en un factor de riesgo, además de ser un daño en sí mismo para los miembros más débiles de la familia (mujer y niños).
Cada familia tiene su propia organización interna, determinadas características de la organización posibilitan la aparición de fenómenos violentos:
_ Una organización jerárquica fija e inamovible basada en desigualdades naturales.
_ La distribución desigual de poder.
_ Interacción rígida.
_ Fuerte adhesión a los modelos dominantes de género.
_ Consenso social con respecto al abuso ejercido dentro del ámbito privado familiar, lo que legitima al agresor y deja indefensa a la víctima.

Características de los actores de la violencia.
En toda situación de violencia aparecen dos actores: una víctima y un victimario. Ambos forman parte del sistema familiar, con subsistencias del mismo. Se conectan interrelacionando su fuerza y sus debilidades personales; convergen y contribuyen a situaciones que tienen la particularidad de potenciar violencia, es decir, de convertirse en actos violentos.
La víctima puede ser descripta como una persona vulnerable, pasiva, complaciente, dependiente, a la cual le cuesta escapar de la dura situación abusiva. Por lo general están física o emocionalmente incapacitados para denunciar la situación en la que se encuentran.
Diversos factores pueden influir en esto: el miedo, la vergüenza, etc., manifiestan baja autoestima, depresión y el miedo a no ser queridos, el sentirse culpable de generar la situación en que se hallan.
El victimario es frecuentemente un miembro de la familia. Diversos estudios sobre los victimarios permiten caracterizarlos como poseedores de baja autoestima; tiene temperamentos explosivos.
Starr describe a las personas capaces de ejercer violencia ” como de personalidad posesiva, con dificultad para comprender situaciones y enfrentarlas e incapaces de exteriorizar sus culpas.”
Wolf y Pillemer en un estudio reciente muestran que la víctima y el victimario están unidos uno al otro por una larga y compleja relación de demandas y necesidades recíprocas. Esta dependencia puede generar hostilidad, frustración y maltrato.

Victimización secundaria.
Muchas veces las instituciones que tratan el problema de la violencia familiar o a las que les llega, actúan poniendo en marcha un proceso que Jorge Corsi denomina victimización secundaria.
” Es el fenómeno que ocurre cuando una víctima de violencia familiar concurre a una institución (comisaría, hospital, juzgado, etc.) o algún profesional (médico, psicólogo, abogado, etc.) en busca de ayuda. Habitualmente ocurre que dichas instituciones o tales profesionales, impregnados con los mitos acerca de la violencia doméstica y poco informados acerca de la especificidad del problema, incurren en conductas que en vez de ayudar convierten a la persona por segunda vez en víctima; en la mayoría de los casos, esta segunda victimización implica culpar a la víctima.”
Esto señala la necesidad de una adecuada información acerca del problema de la violencia familiar y una revisión acerca de los mitos que existen en torno al tema.

3. Maltrato infantil.

El término maltrato hace referencia a la agresión física; en ocasiones parece describir también la falta de cuidados físicos necesarios, el abuso sexual, el abandono emocional, los aspectos relacionados con la intencionalidad del adulto que provocan el sufrimiento infantil, la gravedad de la lesión o el abandono, la desviación de los stándares sociales, también constituyen algunos de los criterios que delimitan el maltrato.
Hay definiciones claramente ambiguas en las que no existen criterios: falta de un ambiente de desarrollo apropiado, trato inadecuado…, que generan graves problemas.
_ En primer lugar, permiten una amplia y potencialmente peligrosa interpretación de cada situación por parte de la justicia, servicios sociales e investigadores.

_ En segundo lugar, en ausencia de criterios claros se corre el riesgo de no detectar casos en los que se requiere protección y de intervenir en otras situaciones donde no se da el maltrato.
Los diferentes tipos de maltrato son heterogéneos en su etiología, secuelas y tratamientos; si se los considera globalmente, no es posible analizar la relación entre el patrón de cuidados inadecuados, las causas del mismo, efectos en el niño, y eficacia en la prevención o tratamiento.
La consideración de maltrato de la sociedad occidental actual responde a las expectativas y necesidades. Inicialmente se reducía a la agresión física, posteriormente se incluyó la negligencia y en la actualidad es cuando comienza a considerarse el abandono y la hostilidad emocional como forma de maltrato.
Asimismo determinadas ideologías influyen para negar otros tipos de maltrato; el desconocimiento u omisión del abuso sexual que padecen sobre todo los niños sólo se entiende en un contexto caracterizado por la violencia y dominancia del hombre sobre la mujer.

Tipos de maltrato.
A grandes rasgos tres características definen los momentos iniciales de la existencia humana.

  1. Incapacidad para vivir por sus propios medios.
  2. Necesidad de establecer vínculos con las figuras de apego, garantes de la supervivencia.
  3. Interacción con el entorno a partir de un mecanismo de asimilación – acomodación.

En nuestra sociedad el grupo familiar constituye el primer contexto responsable de la supervivencia del niño, de satisfacer las necesidades primarias físicas (alimentación – abrigo – protección contra el peligro) y socio – emocionales (afecto – atención – interacción – aceptación de juegos).
Desde este presupuesto debemos considerar maltrato a cualquier acción u omisión, no accidental, por parte de los padres o cuidadores que comprometen la satisfacción de tales necesidades básicas.

Operacionalización de términos.
Abuso físico.
Cualquier acción no accidental por parte de los padres o cuidadores que provoque daño físico o enfermedad, incluye golpes, palizas, quemaduras, arrancamiento de cabello, cortes, etc.
No siempre se pueden percibir daños en el niño, ya que entre el momento de la agresión y la búsqueda de ayuda el tiempo transcurrido es prolongado o bien no se da el reclamo de atención. Sus manifestaciones son: quemaduras, hematomas, rotura de huesos, etc.
Abuso sexual.
Cualquier clase de contacto sexual en un niño menor de 18 años por parte de un familiar – tutor adulto desde una posición de poder o autoridad sobre él.
Se considera abuso de poder la superioridad física y económica del adulto sobre el niño y del hombre sobre la mujer.
Abandono físico.
Las necesidades físicas alimentación, vestido, higiene, protección y vigilancia ante situaciones peligrosas no son atendidas temporal o permanentemente por ningún miembro del grupo que convive con el niño.
Los índices que permiten sospechar este tipo de maltrato son: retraso en el crecimiento, enfermedades no tratadas como: caries, defectos auditivos, ortopédicos, lesiones, hambre, sueño excesivo, vestido insuficiente o inadecuado, falta de higiene, ausentismo escolar.
Abandono emocional.
La falta persistente de respuesta a las señales (llantos, sonrisas) expresiones emocionales y conductas procuradoras de proximidad e interacción iniciados por el niño y falta de iniciativa de interacción y contacto por parte de una figura estable. Lo que define este tipo de maltrato es su carácter crónico; la frecuencia de interacción es nula o mínima.
El niño necesita estabilidad en sus relaciones de afecto, constancia y las figuras de apego no son intercambiables.
Además la necesidad de proximidad, interacción y contacto varía con la edad.
Indicadores de este maltrato son: retraso en el crecimiento (aunque no haya problemas de alimentación), retraso intelectual y del lenguaje, falta de expresividad, tristeza, apatía, dificultades para establecer vínculos sociales.
Abuso emocional.
Hostilidad verbal crónica en forma de insulto, burla, desprecio, crítica, amenaza de abandono, bloqueo constante de las iniciativas de interacción (desde la evitación hasta el encierro) por cualquier miembro adulto del grupo familiar.
Factores de riesgo.
Se han conceptualizado tres modelos diferentes:

  1. Modelo sociológico.
  2. Modelo psicológico psiquiátrico,
  3. Modelo centrado en la vulnerabilidad del niño.

Modelo sociológico.
Desde este punto de vista se considera que el maltrato tiene origen social, económico y cultural. Quienes lo defienden tratan de demostrar la importancia de variables tales como: nivel de ingresos, la ocupación laboral, estado civil, etc. Dentro de este modelo social es preciso hacer una diferencia entre dos conjuntos de variables enmarcadas en dos niveles: nivel macrosocial y microsocial.

Nivel macrosocial.
Clase social: el maltrato o abuso se produce con más frecuencia en las clases bajas, pero puede producirse de manera similar en otros estratos, sucede que sólo se conocen y detectan los de los más desfavorecidos porque son los que acuden a los servicios sociales.
Dado que pertenecen a clase baja, hay una serie de correlatos como hacinamiento, falta de acceso a la cultura y los medios de información.
Estado civil de la madre: se demuestra una mayor presencia de familias con una única figura parental o con una grave inestabilidad de pareja; predominan madres solteras, separadas, concubinato.
Situación laboral: dentro de este item consideramos:

  1. Desempleo: las relaciones paterno filiales se ven afectadas por sentimientos de inseguridad, impotencia, depresión; todo esto agudiza la tensión.
  2. Insatisfacción: a medida que aumenta el sentimiento de insatisfacción se utilizan más los castigos físicos y menos los razonamientos verbales.

Nivel microsocial.
Soporte social: las familias aisladas socialmente no poseen la posibilidad de modificación de sus pautas de comportamiento, al no existir personas ajenas al núcleo familiar que la critiquen y al no recibir modelos de conductas alternativas.
Tipo de constitución familiar: el excesivo número de hijos, poco esparcimiento entre ellos, son factores situacionales que pueden provocar alteraciones en el desarrollo normal de las relaciones.
Nivel de ajuste marital: en familias con malos tratos se ha demostrado que el conflicto y discordia marital son frecuentes. Estos conflictos suelen llegar a niveles extremos donde además del maltrato a los niños se produce el maltrato entre los cónyuges.
El conflicto entre la pareja, al aumentar el nivel de hostilidad provoca un aumento del comportamiento agresivo. Como el castigo físico hacia los niños es socialmente más aceptado, se produce un desplazamiento de la agresividad hacia el niño favoreciendo la aparición del maltrato.

Modelo psicológico psiquiátrico
Desde este modelo se considera que el factor prioritario para explicar el comportamiento de maltrato o abandono se encuentra en las características psicológicas de los perpetradores.
La mayoría de estos sujetos no son enfermos mentales; sí, se han constatado una serie de características de personalidad que reflejan un estado de desajuste o malestar emocional generalizado y permanente.

Vulnerabilidad del niño
Se trata aquí de conocer las características de la infancia en general y de algunos niños que determinan la aparición del maltrato.
Características de la infancia en general: la indefensión del niño al nacer, esa necesidad de cuidado permanente lo hace proclive a que ante situaciones de anormalidad familiar la primera víctima sea el más débil.
Niños que favorecen el maltrato: existe una serie de condiciones específicas que facilitan que sean unos niños y no otros las víctimas:
_ Niños no deseados.
_ Niños con disminuciones psíquicas o físicas.
_Niños con enfermedades frecuentes y severas que requieren atención permanente.

Mitos
Las razones por las cuales el fenómeno de la violencia aparece oculto son porque funcionan una cantidad de mitos respecto de este tema.
Los mitos son creencias aceptadas como válidas sin ser sometidas a reflexión crítica.
Algunos de ellos son los siguientes:
* Los casos de violencia familiar son escasos, no representan un problema grave, esto es inexacto, se calcula que alrededor del 50% de las familias sufre algún tipo de violencia.
* La violencia familiar es producto de algún tipo de enfermedad mental, se ha comprobado que es muy bajo el índice de problemas psico – patológicos; debería conceptualizarse como enfermedad social.
* Es un fenómeno que ocurre en las clases sociales más carenciadas, no es cierto, se da en todos los estratos sociales; lo que sucede es que en algunos hay más recursos para ocultarlos.
* El alcohol es la causa, es un factor de riesgo y no etiológico.
* La mujer que está en una relación de abuso le gusta, por eso se queda, no se ha encontrado un solo caso de ” mujer golpeada” que manifieste placer con la actividad violenta.
* Se lo buscan, algo hacen para provocarlo, de este modo se busca un justificativo para la violencia.
* La violencia es algo innato, no es así, es una conducta aprendida de modelos familiares y sociales y tomada como recurso para resolver situaciones.

4. Conclusión

Consideraciones finales
Desde nuestro rol docente percibimos el estado de la sociedad cotidianamente. Con frecuencia llegan a nosotros casos de violencia familiar. Los niños son víctimas de violencia o testigos de violencia.
Desde nuestro lugar de maestros podemos acompañar a las familias en la búsqueda de soluciones, podemos orientarlas. El éxito de la intervención requiere de una acción coordinada de todos los que intervienen en el problema. El trabajo en equipo es imprescindible.
A nuestro alcance está la tarea de prevención de la violencia. Prevención primaria que significa promover acciones dentro de la comunidad en donde se tome conciencia de la magnitud del problema; informar a la comunidad de los riesgos y buscar especialistas que den charla sobre la temática.
En lo que se refiere a la violencia escolar también podemos llevar a cabo acciones que nos posibiliten prevenir el surgimiento de la misma en la institución escolar.
La prevención no es otra cosa que la puesta en marcha de las medidas apropiadas para impedir la aparición de interacciones violentas en los individuos y en la comunidad en general.
La auténtica educación tiene como fin el desarrollo integral de la persona; por eso debe proporcionar, además de conocimientos, valores, creencias y actitudes frente a distintas situaciones.
Si deseamos encarar esta tarea debemos estimular la comunicación y erradicar a todos aquellos aspectos que no la hacen posible en todas sus formas.
La comunicación es prevención porque nos posibilita encontrar un espacio, ser protagonistas, el aprender a respetar al otro, ayuda a formar el espíritu crítico; posibilita la capacidad de aceptar el error como incentivo para la búsqueda de otras alternativas válidas y ayuda a superar las dificultades porque la carga se reparte.
La primera tarea será efectuar un diagnóstico de la situación que permita evaluar las necesidades sentidas y los recursos existentes en la comunidad. A partir de allí se pondrá en marcha la estrategia de acción adecuada; no existe una receta única, cada comunidad recorrerá su camino para arribar a una solución.
Acciones e intervenciones que se pueden realizar desde la escuela

  • Concientizar a la comunidad acerca de la violencia familiar entendida como problema social.
  • Proporcionar modelos alternativos de funcionamiento familiar más democráticos y menos autoritarios.
  • Proponer modificaciones en los contenidos del sistema de Educación Formal.
  • Promover la creación de programas de tratamiento y recuperación de las víctimas.
  • Desarrollar programas de prevención dirigido a niños de distintas edades, con el objetivo de que reconozcan las distintas formas de abuso y se conecten con modelos alternativos de resolución de conflictos.
  • Promover la creación de una red de recursos comunitarios para proveer apoyo y contención a las víctimas de la violencia.
  • Tener en cuenta las necesidades y recursos reales con que se cuenta para lograrlo.
  • Descentralizar las responsabilidades para que sea real el protagonismo de los involucrados en la tarea.

 

¿Qué es una denuncia falsa?

¿Qué es una denuncia falsa?Últimamente  la denuncia falsa se ha convertido en un fenómeno emergente. Pero ¿qué es una denuncia falsa?.

La denuncia falsa es un delito consistente en imputar  la comisión de un ilícito penal (delito o falta) ante una autoridad que tenga la obligación de perseguirlo, a una o varias personas aún sabiendo que esa denuncia falta a la verdad o se ha hecho con un temerario desprecio a la misma. De hecho, solo en el primer trimestre de 2013, casi 900 personas fueron detenidas o imputadas en España por inventarse hechos delictivos que realmente nunca ocurrieron.

Se trata de un delito pluriofensivo, que protege como bienes jurídicos el buen hacer de la Administración de Justicia y el honor de la persona afectada.

Para poder perseguir este delito de denuncia falsa, o acusación falsa, la autoridad judicial que conoció el ilícito penal falsamente imputado debe haber dictado una resolución judicial firme de sobreseimiento o archivo. Es decir, que el Juzgado una vez valorada la denuncia, declaración, pruebas presentadas por parte del que denuncia,etc,  entiénde que no hay indicios de haberse cometido el delito denunciado por lo que no continua con su instrucción.

El propio Juez o Tribunal que dicte esta resolución puede proceder de oficio contra el sujeto activo del delito de denuncia falsa, si de la causa se infieren indicios suficientes de la falsedad de la imputación. La víctima de la denuncia o acusación falsa también puede perseguirlo, pero como hemos dicho antes, cuando se haya sobreseido o archivado la denuncia que se le había puesto.

Así se recoge en el apartado segundo del artículo 456 del Código Penal donde se recoge este ilícito.

No podrá procederse contra el denunciante o acusador sino tras sentencia firme o auto también firme, de sobreseimiento o archivo del Juez o Tribunal que haya conocido de la infracción imputada. Estos mandarán proceder de oficio contra el denunciante o acusador siempre que de la causa principal resulten indicios bastantes de la falsedad de la imputación, sin perjuicio de que el hecho pueda también perseguirse previa denuncia del ofendido.”

La pena prevista para este delito depende de la gravedad del ilícito que se haya imputado falsamente. Así el artículo 456 del Código Penal, en su apartado primero recoge que si se imputó falsamente un delito grave, es de 6 meses a 2 años de privación de libertad y multa de 12 a 24 meses; si se imputó un delito menos grave, multa de 12 a 24 meses y si lo que se imputó falsamente era una falta, multa de 3 a 6 meses.  (Os dejamos un enlace para ver las clases de penas que existen en el Ordeanimiento español)

Jurisprudencialmente se consideran como requisitos para que concurra este delito:

1) Una imputación de hechos concretos dirigida contra persona determinada.

2) Que esos hechos, de ser ciertos, sean ilícitos penales.

3) Que la imputación sea falsa.

4) Denuncia ante autoridad con obligación de actuar.

5) Intención delictiva, es decir, conciencia de que el hecho denunciado es delictivo y falso y que se actúe con mala fe.

IMPORTANTE: Ejemplo de lo expuesto anteriormente.

Ejemplo de denuncia falsa.-Manuel es denunciado por María, su vecina, por una presunta agresión sexual. Pero ni lo manifestado por María  es convincente, ni las pruebas médicas realizadas corroboran los hechos denunciados, es conocida por todos las malas relaciones entre ambos vecinos, además de que hay testigos creibles de que reconocen haber estado con Manuel mintras presuntamente ocurrían los hechos denunciados. Ante esta situación, el Juzgado procederá al sobreseimineto y archivo de la causa. En este supuesto, tanto Mnauel como el Juzgado de oficio, pueden iniciar las acciones correspondientes por esa denuncia falsa, por concurrir los requisitos para ello y en especial el  elemento subjetivo del tipo, es decir, la intención de faltar a la verdad por parte de María. Por ello este delito sólo se atribuye cuando se pruebe o infiera razonable y razonadamente que el sujeto efectuó su denuncia o acusación con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio a la verdad.

Ejemplo no tan claro de denuncia falsa.-  Manuel es denunciado por María, su vecina, por una presunta agresión sexual. De lo manifestado y presentado como pruebas por parte de María, hay indicios suficientes para continuar el procedimiento por un delito de agresión sexual contra Manuel. Sin embargo, y tras celebrarse el juicio, Manuel es considerado inocente al dictarse una sentencia absolutoria. ¿Podría plantearse Manuel  el perseguir a María por una posible denuncia falsa en base a esa sentencia absolturia?.

En este caso, y si el motivo de la absolución son las dudas más que la certeza de que los hechos no han sucedido, deberíamos contestar a la anterior pregunta que no.  Si en el proceso seguido contra Manuel las dudas han juagado a su favor; en el proceso contra María por su acusación falsa, las dudas jugarán a su favor. La viabilidad de esas acciones dependerá mucho de cuál sea el nivel probatorio o de la duda de los hechos.

Quien ha sido agredido y denuncia a al agresor aunque no se llege a condenarle por falta de pruebas no se convierte en autor de una acusación falsa, sino que no ha habido suficiente pruebas para condenar pero no por ello quiere decir que los hechos denunciados no ocurieran. En definitiva, se trata de un procedimiento de difícil prueba para el actor, que dependerá en gran medida de las pruebas obrantes en el procedimiento precedente y de lo que se recoja en la sentencia absolutoria.

Si usted considera que ha sido víctima de una denuncia falsa, debe ponerse en contacto con un abogado a fin de que le asesore, ya que la prontitud en perseguir este delito es importante no sólo a efectos de prescripción, sino de mostar una actitud activa frente a lo que considera un injusto. En caso de que carezca de medios económicos, recuerde que siempre puede solicitar un Abogado de oficio.

De lo personal a lo político

por Erin Pizzey

Uno de los debates más interesantes del nuevo siglo podría consistir en dilucidar la cuestión de cómo y por qué se fundó el movimiento feminista en el mundo occidental. ¿Surgió, como explican numerosas periodistas, en respuesta a las necesidades de las mujeres oprimidas del mundo? ¿O fue una creación de las mujeres de izquierdas, cansadas de verse relegadas a funciones serviles en las cocinas de sus revolucionarios amantes? Según explica Susan Brownmiller en su excelente historia del movimiento de la mujer, In Our Time: Memoir of a Revolution [En nuestro tiempo: memoria de una revolución][1], el movimiento se fundó en Nueva York después de que muchas de las mujeres activistas volvieran de Mississippi tras su intento por ayudar a la población negra a registrar sus votos. Los hombres de los movimientos revolucionarios, que esperaban que las activistas asumiesen funciones inferiores, trataron de disuadirlas a toda costa. Cuando se le preguntó a Stokely Carmichael por la postura de la mujer en la futura revolución, respondió con una frase célebre: “¿Qué cuál es la postura de la mujer en el SNCC (Comité No Violento de Coordinación de Estudiantes)? La postura de la mujer en el SNCC es tumbada.” Así se precipitó una revolución cuyo resultado ni siquiera los más activos Panteras Negras habrían podido imaginar.

Yo me incorporé a ese amorfo movimiento en 1971, cuando Jill Tweedie y otras periodistas de izquierda escribían en periódicos y revistas que lo que las mujeres debían plantear eran varias exigencias muy razonables, y millones de mujeres británicas cuyas únicas lecturas consistían en recetas de cocina y patrones de costura suspiraron con alivio. A excepción de la revista SHE, dirigida por la temible lesbiana Nancy Spain, la mayoría de nuestras lecturas nos enseñaban a ser perfectas amas de casa.

Encontré en The Guardian los datos necesarios para establecer contacto con ese nuevo y excitante movimiento de liberación de la mujer y llamé a su número de teléfono central de Londres, desde donde me encaminaron a mi grupo local en Chiswick. Por primera vez, esa noche dejé a mi marido al cuidado de los niños y acudí a la reunión. No me impresionó especialmente la enorme mansión en que fui recibida por una pequeña mujer de lengua mordaz. Si había pensado que iba a unirme a un movimiento que me sacaría de mi aislamiento con mis dos hijos pequeños, estaba equivocada. “Tu problema no es el aislamiento,” me dijeron. “Tu problema es tu marido, que te oprime.” Miré a las restantes mujeres blancas de clase media presentes en la habitación y traté de no sonrojarme. También se nos dijo que debíamos considerarnos un colectivo, llamarnos “camaradas” unas a otras y pagar tres libras y diez chelines para formar parte del Movimiento de Liberación de la Mujer. En las paredes había carteles con mujeres que agitaban furiosamente sus armas por encima de sus cabezas y un enorme retrato del Presidente Mao. La violencia de esos carteles me disgustó: yo había nacido en 1939, en medio de una guerra terrible.

Nací en China en 1939. Mi padre trabajaba en el Servicio Consular. Tanto él como mi madre eran amigos de Chaing Kai Check, exiliado en Taiwán por los comunistas. Mis padres y mi hermano, que volvieron a China en 1942, fueron capturados por los comunistas y pasaron varios años en prisión. Mi hermana gemela y yo los creíamos muertos. El odio y la aversión de mi padre por cualquier régimen totalitario había dejado huella en mí, y me sentí molesta por lo que consideré un intento de manipulación para añadir mis tres libras y diez chelines a la cuenta del partido comunista local.

A pesar de todo, yo creía fervientemente que las mujeres de este país necesitaban lugares para reunirse y organizarse a nivel local. Era consciente de la existencia de un enorme grupo de mujeres aisladas, muchas de las cuales poseían valiosas cualidades naturales y experiencias laborales que podríamos aprovechar para trabajar en nuestras comunidades. Así que desafié la hostilidad que suscitaban mis altos tacones y mi maquillaje en la oficina de liberación de la mujer y me hice cargo de la mecanografía.

No duré mucho. Lo que vi eran grupos de mujeres blancas de clase media con tendencias de izquierda que se reunían para odiar a los hombres. Su eslogan era “convierte lo personal en político”. Las más vociferantes y violentas dirigían su propia frustración personal y su cólera contra su padre y hacían extensiva su rabia a todos los hombres. Muchas de esas mujeres eran hijas de papá que vivían a costa de la fortuna paterna. La violencia que el movimiento adquirió desde el primer momento se debió al hecho de que, en Inglaterra, fue fundado por mujeres estadounidenses que huían del FBI. No era la primera vez que los Estados Unidos exportaban a sus disidentes. Años atrás, Trotsky había sido deportado junto con otros revolucionarios. Algunos de ellos se dirigieron a Alemania para incorporarse al grupo Baader Meinhoff. Otros se adhirieron a los Red Stockings de Holanda, y algunos optaron por venir a Inglaterra, que parecía destinada a convertirse en semillero revolucionario para terroristas de todo el mundo, una especie de Beirut junto al Támesis. En un coloquio de la BBC pude comprobar cómo se utilizaba el dinero de los contribuyentes para reunir, en uno de sus programas televisivos, a todos los revolucionarios célebres del mundo. Vi a “Danny el Rojo” exigiendo a un sudoroso productor mayores gastos y un hotel más confortable. Kenneth Tynan no dejó de escupir por encima de mí mientras declaraba que deberíamos apoderarnos de la BBC y lanzar nosotros mismos la revolución. También me vi obligada a asistir a una aburrida conferencia en que Bernadette Devlin nos soltó su arenga y varios panteras negras lanzaron sus consignas. Una hilera de supuestos revolucionarios de la BBC respondieron levantando sus pálidos puños. En 1970, mujeres terroristas de grupos de todo el mundo afluyeron a Londres para participar en la primera marcha de liberación de la mujer, pero para entonces mi conciencia política era ya mucho mayor.

En muchos de esos violentos y amenazadores colectivos me enfrenté a sus líderes para decirles que odiar a todos los hombres no era una actividad en que yo desease participar. Les expliqué que mi vida me parecía un lujo. Tenía un marido que acudía a su trabajo y pagaba la hipoteca de la vivienda, de forma que yo podía quedarme en casa con mis dos hijos. Les recordé que, aparte de un pequeño grupo de hombres que ejercía el poder internacional, la mayor parte de los habitantes de sus países eran esclavos. Les hablé de los regímenes asesinos de Mao y de Stalin pero, por supuesto, muchas de esas mujeres eran maoístas y estalinistas. Su actitud era tal que no habrían retrocedido aunque tuviesen que morir 30 millones de personas por la causa de su revolución. Fui odiada con pasión e, irónicamente, acabé excluida del movimiento de liberación.

Entonces opté por abrir un pequeño centro comunitario para mujeres y sus hijos que permitiera mejorar mi proyecto de reducir el aislamiento causado en occidente por la crisis de la familia extensa. Durante muchos meses, ese pequeño centro comunitario para mujeres y sus hijos atrajo a todo tipo de mujeres deseosas de hallar un lugar en que pudiesen desplegar sus aptitudes y tener entretenidos a sus hijos.

Pronto, las mujeres que rehuían los servicios oficiales acudieron a nosotras y nosotras las ayudamos. Un día, una mujer subió a la pequeña oficina del piso superior y se quitó el jersey. Su cuerpo estaba lleno de magulladuras negras y violáceas. “Mi marido me golpea”, dijo. Esa noche la llevé a mi casa, en lugar de dejarla volver a la suya. Sin embargo, desde el principio me di cuenta de la violencia ejercida por algunas de las mujeres que acudían a mi albergue. Por entonces, yo había logrado las dos cosas que deseaba el movimiento de mujeres. Una causa justa para disfrazar su programa político y dinero para financiarlo. Para 1972, el movimiento de la mujer se había quedado sin dinero. Las mujeres inglesas corrientes eran demasiado inteligentes y educadas para desear su inclusión en un movimiento que deseaba tan obviamente destruir la familia y los derechos de los hombres. Sólo los grupos muy aislados de mujeres que vivían en zonas como Islington y Kew evitaban que sus hijos varones tuviesen juguetes de varones y presumían de que sus maridos o amantes se habían convertido de la noche a la mañana en “nuevos hombres”. El resto de nosotras reconocía que los hombres serían siempre hombres y que aceptaríamos de buen grado cualquier ayuda en la casa.

Mientras la quema de sujetadores se convertía en motivo de bromas en la televisión y la prensa, el movimiento se hundió en la oscuridad, excepto en determinados periódicos y en los círculos universitarios. En ellos, la misandria feminista halló sus principales exponentes en el colectivo de profesoras interinas, que consiguió crear toda una nueva corriente ideológica -los denominados “estudios sobre la mujer”- y lavar el cerebro de las jóvenes generaciones de mujeres que entraban en la Universidad.

Encontré las facultades llenas de “profesoras” que no eran tales, sino activistas políticas. Me sentí intensamente odiada cuando, en mis conferencias universitarias, afirmé que 62 de las primeras 100 mujeres que acudieron a mi albergue eran tan violentas como los hombres de los que huían. Hablé en reuniones e hice referencia a los “hombres maltratados”. Puesto que la “violencia doméstica” se consideraba un tema “de mujeres”, eran mujeres las periodistas que lo cubrían. Cuando traté de interesar a los periódicos en mis ideas me encontré con el mismo problema: las jefas de redacción eran mujeres que se negaban a publicar mis escritos. Las cosas no iban mejor en el campo editorial: las directoras, especialmente si se trataba de lesbianas radicales, censuraban sistemáticamente los libros. Existía y existe aún una estricta censura que se aplica a quien trate de romper el código de silencio. Nadie desea reconocer la amplitud del daño que el movimiento feminista ha hecho a la familia y a los hombres en los últimos treinta años. Cuando, en 1999, Melanie Phillips escribió The Sex Change Society [“La sociedad del cambio sexual”][2], le advertí que nuestras protagonistas se negarían a salir a la superficie y responder a su bien documentada descripción de la “Gran Bretaña feminizada y del varón neutralizado”, según su acertada expresión.

Durante los últimos treinta años he visto una gran corrupción en los tribunales ingleses. He visto a padres privados de sus derechos y perseguidos. He visto a nuestro propio Gobierno expresar su conformidad con un anuncio de la televisión escocesa en que se aconsejaba a los niños que llamasen a determinado número de teléfono si su padre gritaba a su madre. Uno de los recuerdos más antiguos que guardo es el de una pequeña niña de mi edad, que vivía también en China en la época del relevo comunista y que denunció a su padre; éste fue separado de su familia y torturado durante siete años. He visto a los “grupos de sensibilización” -que me han recordado las enseñanzas de Mao- proliferar como la mala hierba en todo el mundo occidental con el objetivo de convencer a las mujeres de que sus maridos son el enemigo y debe ser erradicado de la familia. He visto cómo en las secciones dedicadas a la mujer en algunos periódicos se ha glorificado a la madre sin pareja. En cierta ocasión, cuatro mujeres periodistas escribieron acerca de su búsqueda del hombre idóneo para darles hijos y las cuatro prometieron a sus lectores que los niños nunca llegarían a conocer a esos padres. Sentí que esas ricas y privilegiadas periodistas estaban actuando de modo irresponsable. Para entonces yo me había divorciado de mi marido y era una madre sin pareja que sufría la ansiedad y la soledad de criar a los hijos por mí misma.

Con gran frecuencia, vi profesoras feministas que discriminaban a los chicos en sus clases. Vi la gran avalancha de mujeres que irrumpió en las filas de la población activa, ávidas de puestos de trabajo y carreras. Muchas de ellas no tenían otra alternativa. Las dificultades económicas obligaban a trabajar a ambos miembros de la pareja. A pesar de las promesas, no hubo un plan nacional de guarderías infantiles, así que otras mujeres emprendieron actividades, ilegales y a veces peligrosas, de cuidado de niños. Los hombres, liberados de cualquier limitación por la píldora anticonceptiva, exigieron relaciones sexuales a la medida de sus deseos, pero luego muchos de ellos se desentendían de los embarazos subsiguientes. Londres, además de convertirse en la capital mundial del aborto, alcanzó los niveles más elevados de partos de adolescentes de todo Occidente. Los hombres dieron la espalda al matrimonio y al compromiso, en muchos casos temiendo con razón que, si asumían algún tipo de compromiso, acabarían siendo desplumados por la mujer durante el resto de sus vidas.

En 1977, los representantes Lindy Boggs y Newton-Steer me invitaron a un almuerzo oficial en el Congreso estadounidense. Para entonces yo sabía ya que las palabras que iba a pronunciar me harían muy impopular. Todas las personas que se dirigían a mí daban por supuesto, erróneamente, que hablaban con una “feminista”, algo que yo estaba muy lejos de ser. Siempre he desconfiado de los “istas” de toda clase, y sólo me gusta definirme como “alguien que ama a Dios en todas sus facetas”. Cuando acabé mi discurso, todas las personas de la mesa me rehuían, y la impresión que causé en el Club de Prensa de Washington no fue mucho más favorable. Me resultó divertida la expresión que vi en las caras de las curtidas periodistas. Numerosas conferencias que tenía comprometidas fueron anuladas, especialmente en Nueva York y Boston. Pasé una divertida noche con otros miembros del personal en una residencia de profesoras lesbianas de Anne Harbour , pero me sentí mucho mejor cuando fui a alojarme a la casa de una joven y dulce esposa y madre en otra ciudad. Por entonces me di cuenta de que, en todas partes, el movimiento feminista se había apropiado de la cuestión de la violencia doméstica para satisfacer sus ambiciones políticas y llenar sus bolsillos. Las feministas de los Estados Unidos y de otros países estaban reescribiendo las leyes. “En el pasado decenio, las teorías jurídicas feministas cobraron gran relieve en muchas facultades de derecho estadounidenses. El activismo feminista tuvo también grandes repercusiones en numerosos ámbitos jurídicos, en particular los relacionados con la violación, la autodefensa, la violencia doméstica y otras tipificaciones delictivas nuevas, como el acoso sexual. Sin embargo, la ideología del feminismo jurídico actual va mucho más lejos de la meta original, ampliamente aceptada, del trato igualitario para ambos sexos. El nuevo programa propugna la redistribución del poder desde la “clase dominante” (los hombres) hacia la “clase subordinada” (las mujeres), mientras que principios fundamentales de la jurisprudencia occidental, tales como la neutralidad judicial y los derechos del individuo, se consideran ficciones patriarcales destinadas a proteger los privilegios masculinos”. [3]
Mi estancia en Alemania, donde acudí invitada por el Ministro de Deportes de ese país, no fue distinta. Abandoné una cena con personal asistencial de distintos albergues porque no pude seguir soportando la visión del futuro que esperaba a esas instituciones. Vi cómo el movimiento feminista erigía sus bastiones de odio contra los hombres, fortalezas en que se enseñaría a las mujeres que todos los hombres era “violadores y degenerados” y se procedería a la destrucción de los niños en los albergues, donde aprenderían a desconfiar de los varones.

En 1978 fui invitada a visitar Nueva Zelandia, y acudí con la esperanza de ser invitada a hablar a grupos del movimiento de albergues de Australia. En aquellos momentos, Nueva Zelandia no había caído aún en manos del movimiento de mujeres totalitarias (ahora ya lo ha hecho), pero se me denegó la posibilidad de visitar Australia, donde el movimiento de lesbianas militantes controlaba la mayoría de los albergues. Al igual que en otros muchos países, el movimiento de lesbianas manejaba la mayoría de los recursos financieros, por lo que simplemente indicaron a los albergues australianos que retirasen sus invitaciones. Mi presencia resultaba odiosa al movimiento feminista y a demasiadas mujeres politizadas que procedían de zonas marginales del sistema y trataban de abrirse paso hacia los escalones más elevados del poder público.

Para mostrar hasta qué punto ese movimiento podía censurar la información citaré un ejemplo entre muchos. En 1984 presté declaración ante el Grupo de Trabajo de Texas sobre Violencia Familiar, en San Antonio. Hubo gran inquietud entre los diversos grupos relacionados con los albergues que se habían reunido para aportar su testimonio. Una tras otra, las mujeres prestaron declaración. En algunos casos, el testimonio era sombrío y atroz. Eran las auténticas víctimas de la violencia de sus parejas. Sin embargo, muchas de las declarantes tuvieron una teatral actuación que provocó los aplausos entusiastas de la audiencia de excitables compañeras, pero llenó de confusión a los miembros del Grupo de Trabajo del Fiscal General. “Comprendo su dolor”, dijo una de las integrantes del Grupo de Trabajo a una mujer especialmente histriónica. “Pero, ¿dice usted que eso le ocurrió hace diez años? ¿No cree que es ya hora de pasar la página? “ Al hablar así expresaba el sentir de la mayoría de los miembros del Grupo, perplejos ante la clara diferencia existente entre las mujeres cuya declaración era auténtica y las otras, las mujeres proclives a la violencia que no eran víctimas inocentes de la violencia de sus parejas, sino que ellas mismas eran violentas. En mi intervención hice referencia a las diferencias existentes entre las mujeres realmente maltratadas y las que eran violentas ellas mismas y necesitaban tratamiento. El comité me dió las gracias, y el público me ovacionó puesto en pie. Cuando el informe llegó a mi casa de Santa Fe pude ver que mi declaración se había resumido en una frase sin sentido y que se hacía referencia a mí como a la “escritora Erin Shapiro”, a pesar de que mi declaración por escrito se presentó a nombre de Erin Pizzey y que mi condición de fundadora del movimiento de albergues era de sobra conocida por todos.

Por entonces, yo trabajaba en Santa Fe (Nuevo México) en casos de maltrato infantil y en la lucha contra la pedofilia. Allí fue donde descubrí que existen tantos casos de pedofilia entre las mujeres como entre los hombres. En general, la pedofilia femenina pasa desapercibida. La lucha contra los comportamientos pedofílicos es una actividad muy peligrosa. Estando en Nuevo México rescaté a una niña británica del control de una mujer pedófila. Fueron necesarios tres años de lucha contra los tribunales ingleses para rescatarla y devolverla a sus padres. Finalmente el abogado me llamó por teléfono y me dijo que yo tenía razón contra todos. Pero la niña había sido objeto de abusos, así que pregunté al abogado si iba a demandar judicialmente a la mujer. “No”, me contestó. Otra mujer que salió bien parada y eludió la condena por abuso de niños.

Durante todos esos años en que trabajé y me especialicé en el trabajo con mujeres violentas y sus hijos, nunca pude acostumbrarme al temor que los hombres sentían ante las mujeres violentas. Asistí a cenas y reuniones en que mujeres feministas contaban cómo maltrataban a los hombres con los que vivían. Conocí a algunas mujeres que habían convertido sus hogares en campos de concentración en miniatura. Rara vez vi a un padre plantar cara a una esposa o una compañera violentas, o impedir que la madre maltratase a los hijos. Los hombres solían acudir a mí en busca de ayuda, pero ante su compañera encolerizada y agresiva, permanecían quietos y toleraban la violencia. Incluso ahora la gente se ríe cuando un hombre dice que ha sido maltratado. No entiendo por qué ningún tipo de maltrato a cualquier ser vivo ha de ser motivo de risa. Creo que ya va siendo hora de que los hombres reconozcan que las mujeres han logrado grandes cambios en los últimos treinta años. Se han hecho mucho más independientes de los hombres, pero los hombres no han superado aún esa etapa. Cuando se trabaja con hombres, es desalentador ver cómo nada más liberarse de una relación violenta empiezan inmediatamente a buscar una mujer que “cuide de ellos”. Es preciso que los hombres se habitúen a la idea de que pueden cuidarse por sí mismos. Los hombres de generaciones más jóvenes parecen haberse dado cuenta de esa dependencia masculina de las mujeres y han logrado arreglárselas por sí mismos.

Estando en Santa Fe vino a verme un hombre que había perdido a sus hijos y cuanto poseía porque su hija lo había acusado de abusar sexualmente de ella. Al oír su relato comprendí que era un mujeriego, y no una persona capaz de abusar de una menor. Cuando conocí a la madre, mujer exhibicionista y narcisista de carácter violento y manipulador, supe que había ordenado a la niña que acusase a su padre. Del comportamiento de la niña deduje que, efectivamente, había sido objeto de abusos sexuales. Finalmente, al cabo de tres meses de trabajo con ella, me confesó que quien había acusado de ella era un hombre que vivía al otro lado de la calle. Ese hombre era funcionario. Cuando presenté las pruebas que tenía en la oficina del Fiscal del Distrito, éste se negó a investigar el caso. Un policía que trataba también de que se investigaran determinados casos me dijo que el Fiscal del Distrito estaba divorciado bajo sospecha de abusos sexuales a niños, así que yo no tenía ninguna oportunidad. Llamé a todas las puertas de los domicilios privados que pude encontrar en los alrededores de su vivienda y advertí a los vecinos. Muchos de ellos conocían el problema, pero su temor les impedía actuar. Cuando me enfrente a él, me dijo que su posición lo ponía a salvo de cualquier acción judicial y que se trasladaría con su familia a Alaska, donde era menos probable que lo condenasen. Al igual que tantos otros hombres violentos y peligrosos, se había casado con una mujer filipina que no se atrevía a opinar. Otra niña me dijo que su padre, la nueva esposa de éste y un vecino la violaban todos los sábados por la tarde, durante las horas del régimen de visitas. Le pregunté qué era lo más doloroso de esos abusos y me dijo que “las uñas de la mujer eran muy largas y me hacían daño en mi…”, y señalaba su vientre. Esos son los terribles detalles que confirman espantosas verdades.

Parte del problema consiste en que los hombres no desean admitir que las mujeres, y en particular las mujeres a las que han amado, pueden ser tan malvadas como ellos. Cuando en 1999 realicé una gira de seis semanas por el Canadá para dar conferencias, quedé asombrada ante el miedo que detecté en los hombres a lo largo y ancho de ese enorme país. A causa de los casos de acoso sexual en el trabajo apenas se celebran ya fiestas en las oficinas. Coincidí con un profesor muy inteligente al que habían acusado de abuso sexual de dos de sus alumnas. Me explicó que vivir en el Canadá era como vivir en un estado totalitario. Y tenía razón. Hablé a grupos de hombres y mujeres de todo el país. Los hombres sentían ya la pesada mano del Estado, que les arrebataba todo derecho sobre sus casas y sus hijos. Me contaron casos de hombres que, al volver del trabajo, se habían encontrado con que la mujer había “levantado” la casa, es decir, había sacado de la vivienda cuanto había podido y había desaparecido con los niños rumbo a un albergue. Los angustiados padres eran incapaces de encontrar a sus esposas e hijos, ya que los albergues se negaban a dar información. En algunos casos de padres muy violentos esa precaución es necesaria, pero nunca pensé que debiera convertirse en una rutina, ya que muchas mujeres delincuentes podrían utilizar ese recurso contra hombres totalmente inocentes. Como es sabido, la manera más expeditiva de entablar el divorcio es, para una mujer, declarar que su marido es violento, y si ese subterfugio no basta, las mujeres pueden recurrir a lo que se denomina “la bala de plata”, es decir, acusar a su pareja de abusar sexualmente de los niños. En ese caso, el hombre es inmediatamente apartado de su casa y de su familia. No hace mucho mantuve una charla con un grupo de hombres del suroeste de Inglaterra. Entre los asistentes a la reunión había dos policías. Cuando les pregunté por la realidad de los falsos abusos sexuales, admitieron que, en efecto, estaban obligados a separar a un padre de su familia aun cuando no hubiese pruebas. En una ocasión, una mujer había acusado al padre de una niña de haber abusado de ella en el baño. Llamó a la policía, y ésta se llevó inmediatamente al padre, que luego fue puesto en libertad por falta de pruebas. Deberíamos tener una ley que permitiese a las víctimas inocentes de tales acusaciones demandar judicialmente a sus agresoras. Para que se lleven detenido al hombre no se necesitan pruebas: basta con que la mujer descuelgue el teléfono.

He comprobado que los hombres no se ayudan unos a otros como hacen las mujeres. Durante miles de años, los hombres han aprendido a trabajar juntos con gran eficacia, pero, llegado el momento, en lugar de organizar ese mismo tipo de ayuda para encauzar sus vidas personales, se vienen abajo. Así ocurrió cuando traté de abrir un albergue para hombres casi inmediatamente después de haber comprado el edificio principal de Chiswick en que establecimos el albergue de mujeres. Había visto un número suficiente de hombres que eran horriblemente maltratados y necesitaban algún lugar adonde poder dirigirse. Lo que me molestó fue que, aún cuando el Gran Consejo de Londres deseaba poner a mi disposición un excelente edificio en el norte de la ciudad, no pude encontrar ni un solo colaborador económico que me ayudase a obtener dinero para los hombres.

Ahora tenemos ya grupos de hombres que funcionan en la mayor parte de los países. Pero, de momento, carecen de financiación, mientras que los albergues de mujeres reciben millones de libras que, en algunos casos, se malgastan. Sabemos que nuestros hombres jóvenes tienen muchos problemas. Durante los últimos treinta años, los hombres han sido objeto de discriminación en los medios de comunicación y en los centros de enseñanza. La nueva generación masculina ha asimilado una dieta de retórica feminista que les asegura que son “violadores” y “maltratadores”. Eso ponían los carteles que rodeaban el Hotel Savoy cuando acudí al almuerzo de presentación de mi libro Prone to Violence [“Proclives a la violencia”][4]. Es el libro en que expuse mi trabajo con mujeres proclives a la violencia y sus hijos. Estaba acostumbrada a los piquetes, porque dondequiera que hablaba o hacía acto de presencia me seguían esas mujeres llenas de odio que, en todo el mundo, mantenían conferencias secretas de las que se excluía a los hombres. En realidad, se han infiltrado en las más importantes instituciones, y las Naciones Unidas están llenas de mujeres decididas a destruir la familia y el matrimonio como instituciones, mujeres que desean que la familia se defina únicamente como grupo de mujeres y niños. Los hombres deben quedar al margen. Su función como padres debe reducirse a servir de bancos de semen y billeteras. Afortunadamente, quienes creemos en el matrimonio y en la necesidad de que los niños convivan con ambos padres biológicos siempre que sea posible, tenemos el tiempo de nuestra parte. El movimiento feminista está agonizando, mientras sus ancianas defensoras escriben ya libros en que, a un paso de la tumba, lamentan su juventud desperdiciada. Gracias a la interesante obra de Mike Horowitz, Hating Whitey and Other Progessive Causes [“Odiar al hombre blanco y otras causas progresistas”][5] , sabemos que Betty Friedman era marxista stalinista. Por mi parte, fui tan consciente del trasfondo político de muchas de las denominadas “líderes” del movimiento que escribí un pasaje al respecto en una de mis novelas, First Lady [“Primera Dama”][6]. En él, habla un agente comunista que es tutor de una de las principales universidades de Inglaterra, y cita a la esposa del Presidente ruso:

“Se lo diré. Fue realmente la esposa del Primer Ministro quien trajo la respuesta. Una mujer encantadora que, mientras hablaba, no dejaba de mirarme. Recuerdo sus palabras exactas: “Empezad siempre la subversión por las mujeres, como en África, ofreciéndoles anticonceptivos, asistencia médica gratuita, facilidades para abortar, etc.”

En efecto, fue mientras trabajaba con misioneros en Senegal cuando ví por primera vez a los comunistas regalar radiotransistores a las mujeres africanas. Los misioneros trataban de atraer a las mismas mujeres a su dispensario con ayuda médica, seguida de una lección de la Biblia. Mi conclusión sobre la forma de expansión del movimiento feminista es que no se trata de algo tan espontáneo como las feministas quieren hacernos creer. Yo estuve allí en los primeros tiempos y me asombré ante la organización y las cantidades de dinero que afluían. Casi todos los grupos disidentes, excepto yo misma, porque yo no era “una de ellas”, disponían de oficina y teléfono. Lo que me aflige es el daño que han hecho y tolerado hombres indiferentes al problema de las mujeres violentas. Sabemos que las mujeres perpetran el 60 por ciento de los malos tratos a niños. “Autores: en más del 75 por ciento de los casos, los autores de los malos tratos infligidos a los niños son los padres, y en otro 10 por ciento de los casos, otros parientes de la víctima. Se estima que más del 80 por ciento de los autores tenían menos de 40 años y que casi dos tercios de ellos (62 por ciento) eran mujeres”[7]. Según las investigaciones de la NSPCC (National Society for the Prevention of Cruelty to Children o Asociación Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños) dirigidas por Susan Creighton en 1992, los niños corren “un mayor riesgo si conviven sólo con la madre, o con la madre y un sustituto de la figura paterna”. Asimismo, “las madres naturales resultaron ser las autoras más frecuentes de lesiones físicas, malos tratos psicológicos, abandono y A + MF (casos de abandono y maltrato físico)”[8]. Ahí está el problema fundamental. A las mujeres que, en su día, fueron objeto de abandono por sus madres y víctimas de disfunciones familiares no se les puede pedir que “mimen” a sus hijos, como si todo pudiese arreglarse con una varita mágica. Estoy convencida de que Tony Blair será recordado por su programa de las 540 libras o de “comienzo seguro”, que dará a los nuevos padres y madres la oportunidad de aprender todas esas importantes lecciones que la mayoría de los hijos de familias felices normales aprenden en las rodillas de sus progenitores. Aun cuando deseemos dar la espalda a los hombres y las mujeres que son víctimas de la violencia doméstica, con el poco caritativo pensamiento de que ellos se lo han buscado, hemos de atender a los hijos de esas relaciones, que no han elegido nacer en una familia en que la degradación y el horror forman parte de su vida cotidiana. Durante los últimos treinta años, las mujeres han culpado a los hombres de todas las manifestaciones de la violencia doméstica. Ahora los hombres han de tener el valor de citar las irrefutables cifras de las investigaciones internacionales que demuestran que, en la base de la violencia de los progenitores, subyace una función materna marcada por la violencia, la negligencia y los trastornos.

© Erin Pizzey. (Capítulo del libro Women or men, who are the victims? (“¿Quiénes son las víctimas, los hombres o las mujeres”), 2000). Traducido y publicado con permiso de la autora.

¿Por qué destesto el feminismo y creo que, en última instancia, destruye la familia?

 Erin Pizzey creó el primer refugio del mundo para mujeres maltratadas en 1971, y llegó a establecer un movimiento internacional por las víctimas de la violencia doméstica. Pero lo que nunca se ha publicado hasta hoy es que su propia infancia fue marcada por la crueldad impactante de sus padres. Aquí, por primera vez, Pizzey cuenta su historia desgarradora,  y cómo ésta la llevó a una sorprendente y muy arraigada conclusión.

Aunque recuerdo poco mis primeros años, crecí en un mundo de extraordinaria violencia. Nací en 1939 en Tsingtao, China, y poco después de que mi familia se trasladara a Shanghai con mi padre diplomático, fuimos capturados por el ejército japonés invasor. Era 1942, la guerra estaba en su apogeo y nos mantuvieron bajo arresto domiciliario hasta que fuimos canjeados por prisioneros de guerra japoneses y tomamos el último barco que salía de China. Mi padre recibió órdenes del servicio diplomático para ir a Beirut, y a nosotras nos dejaron como refugiadas en Kokstad, Sudáfrica.

De vivir en una casa enorme, con una legión de funcionarios y una niñera, ahora mi hermana gemela Rosaleen y yo estábamos de pronto a merced del humor de mi madre, Pat. Y fue feroz. Tras escapar de la brutalidad de la guerra, comenzaba ahora una nueva etapa de crueldad doméstica. De hecho, el temperamento explosivo de mi madre y su conducta abusiva determinó mi forma de ser como ningún otro evento de mi vida.

Treinta años más tarde, cuando el feminismo irrumpió en escena, fui a menudo confundida con una partidaria del movimiento. Pero nunca he sido feminista, porque, tras haber sido víctima de la violencia de mi madre, siempre supe que las mujeres pueden ser tan crueles e irresponsables como los hombres. De hecho, iría tan lejos como para afirmar que ese movimiento, que proclamó que todos los hombres son violadores y agresores potenciales, se basó en una mentira que, si se permite que florezca, dará lugar a la completa destrucción de la vida familiar.

Desde el principio, hice la guerra a mi madre y rápidamente aprendí a disociarme del dolor de sus golpes. Sus palabras, sin embargo, se quedaron conmigo toda la vida. “¡Eres perezosa, inútil y fea!”, solía gritar. “¡Eres como la familia de tu padre, basura irlandesa!” Eran palabras crueles que he oído repetir una y otra vez por otras madres en todas partes. De hecho, cuando más tarde abrí mi refugio para mujeres maltratadas, 62 de la primeras 100 que entraron por la puerta eran tan abusivas como los hombres que acababan de dejar.

Mi madre era así. Yo me parezco a mi padre, Cyril. Mientras mi hermana gemela era delgada y tenía el pelo largo y oscuro y los profundos ojos azules de mi madre, yo era gorda y rubia, torpe, ruidosa y temeraria. Con sólo cinco años de edad, yo sabía que mi madre no me quería. Y sin sirvientes ahora para contenerla, arremetía cuanto le daba la gana. Cuando, por fin, nos unimos con mi padre en un piso de Beirut, pronto me di cuenta de que tampoco él era un santo. Continuamente gritaba y se enfurecía con nosotras. Particularmente le consumían los celos. A pesar de que insultaba a mi madre y rara vez mostraba su afecto, parecía obligado a estar a su lado como un perro guardián. Si mi madre hablaba por teléfono, él la agobiaba hasta que ella se echaba a llorar. Si iba de compras, él paseaba por la habitación hasta que volvía, y explotaba de rabia si tardaba más de un par de minutos.

Yo odiaba a mi padre con todo mi corazón de niña, y estaba realmente aterrorizada con él. Era muy alto y corpulento, y tenía una enorme barriga que colgaba por encima de su cinturón. Miraba con sus pálidos ojos azules y tenía una boca grande y descuidada que babeaba sobre mis labios cuando me besaba. No creía en los baños, que según él eran “debilitadores”, y fumaba latas de cigarrillos “Jugadores“, que lo hacían oler como un cenicero. Su rabia era explosiva e impredecible. Pero, pese a su torpe y previsible brutalidad machista -por ser el hijo 17º de un padre irlandés violento-, fue el abuso más emocional, más verbal, de mi madre lo que me llenó de cicatrices más profundas. Se entregó a un tipo particular de asesinato del alma, y fue tal su crueldad que, incluso 60 años después, aún me reduce hasta las lágrimas y me convence de que el feminismo es una táctica cínica y equivocada.

Por desgracia, lo que yo más quería en aquel momento era que mi madre me amase, cosa que nunca sentí que hiciese de verdad. Más tarde, cuando mi padre fue enviado a Chicago y yo seguí a mi madre hasta Toronto a vivir con mis padrinos, fue inicialmente esperanzador. Pensé que, sin la presencia de mi padre, mi madre tendría ahora tiempo de ser una buena madre. Pero, ya en aquella familia normal, pronto se hizo evidente mi propio comportamiento disfuncional. Al parecer, ya había sido demasiado dañada por el odio de mi madre.

Siempre tuve problemas en la escuela, y animaba a los otros niños a portarse tan mal como yo. En cierta ocasión, me pillaron en la puerta regalando el dinero que había robado del bolso de mi madre. Huelga decir que ella se volvió loca. Me llevó arriba y me golpeó con el cable de la plancha hasta que la sangre corrió por mis piernas. Mostré mis lesiones a mi maestro a la mañana siguiente, pero mi madre sólo le devolvió una mirada impasible sin decir nada. Muchos años después, cuando las feministas comenzaron a demonizar a todos los padres varones, estas crudas imágenes me recordaron constantemente la verdad, que la violencia doméstica no es un asunto de género.

Poco después de la guerra, enviaron a mi padre a Teherán y todos nos fuimos a vivir con él. Fue sólo cuando volví a verlo que me acordé de lo mucho que lo odiaba. Llegaba a casa de la oficina y, sólo con oír la llave en la puerta, me quedaba helada. A menudo lo oía toser ante la puerta Aún era un fumador empedernido y escupía sus flemas en la jardinera. Sus ojos eran las ventanas de su humor violento. Si estaban rojos y entrecerrados, yo sabía que estaba furioso y era sólo cuestión de tiempo que entrase en erupción.

Pero mi odio a mi padre era puro y no contaminado por ninguna otra emoción. Mis sentimientos por mi madre eran, en cambio, mucho más complicados. Por mucho que estaba devastada por su odio, todavía me esforzaba de verdad por su amor. De hecho, sentía a veces gran compasión por ella cuando la veía llorando y lamentándose ante mi padre. A veces ella luchaba contra su brutalidad. Era más baja de estatura, pero muy fuerte y su lengua era letal. Lo acusaba de ser un patán y un idiota. A su madre la llamaba prostituta, y a su padre un vulgar borracho irlandés.

Como era de esperar, mi hermano y mi hermana fueron niños silenciosos y replegados en sí mismos. Mi hermana sufría de dolores de cabeza, eczemas y misteriosos días de parálisis en que no podía levantarse de la cama. Para los de afuera, mi padre era un hombre afable e inteligente, y mi madre una famosa anfitriona con tres hermosos hijos y una familia diplomática perfecta. En realidad, mis padres eran, ambos, gente cruel y violenta, y todos estábamos profundamente dañados.

En 1949, mi padre fue enviado de nuevo a Tien Sien, en China. Me quedé con mi hermana gemela en un internado, Leweston, cerca de Sherborne, en Dorset, y mi hermano acompañó a mis padres. Muy poco después de tomar posesión de su cargo, mis padres fueron capturados de nuevo, esta esta vez por los comunistas, y fueron mantenidos bajo arresto domiciliario durante tres años.

Sin ellos, me sentí en un permanente estado de paz, y me encantaban mis vacaciones en St. Mary, en Uplyme, una casa de vacaciones para niños cuyos padres estaban en el extranjero. La señorita Williams, que dirigía el lugar, fue el primer adulto que realmente me admiró y respetó. Ella se convirtió en mi mentora. Pero este idilio se rompió cuando me enteré de que mis padres habían sido puestos en libertad. Recuerdo que me llamaron al teléfono del convento para hablar con mi madre. Yo había borrado por completo a mis padres de mi vida, así que cuando oí su acento canadiense, sólo grité por teléfono: “¡Tú no eres mi madre!”. Grité, muy consciente de que todo el circo estaba a punto de comenzar de nuevo.

Cuando mi madre regresó en primer lugar, a una casa en las afueras de Axminster, disfrutamos de una tregua. Yo era mucho más alta que ella ahora, y demasiado grande para que ella me bateara. En vez de eso, comenzó a enumerar los fallos de mi padre y las atrocidades que nos había infligido a todos, como si yo fuese ahora su confidente. Me contaba lo mucho que lo odiaba y que nunca debió haberse casado con él. “Pero me quedé por ti”, decía, “Me quedé porque quería que fueses a una escuela privada y disfrutases de una vida cómoda”. Una vez más, estaba desatando su peculiar crueldad emocional, poniendo toda la responsabilidad -y la culpa – en mí. Es un un patrón de comportamiento del que sería testigo una y otra vez en algunas mujeres de mi refugio.

El día que mi padre volvió a unirse con nosotros en la nueva casa, mi madre era un manojo de nervios. Lloraba y se aferraba a mí, exigiéndome que la protegiese. “¡No lo quiero cerca de mí!”, decía. En las familias disfuncionales, los niños, no importa lo maltratados que sean, deben asumir el rol de padres. Para mí, eso significaba proteger y consolar a mi madre. Y, así, la noche del regreso de mi padre, cogí un gran cuchillo de la cocina, subí a la habitación de mis padres y me asomé por el hueco de la puerta. Dormían en camas separadas, y yo había tomado la extraordinaria decisión de apuñalar a mi padre si intentaba forzar a mi madre. Reflexionando ahora, estaba siguiendo sus órdenes tácitas. Increíblemente, me había manipulado hasta el punto de que estaba dispuesta a matar por ella. Mi padre, sin duda intentó hablar a su modo desde su cama, pero, afortunadamente, no llegó a haber nada físico. Si lo hubiera hecho, ahora estaría muerto y mi vida habría sido muy diferente.

En la década de 1950, mientras yo trabajaba en Hong Kong, a mi madre le diagnosticaron un cáncer terminal. Regresé a nuestra casa cerca de Axminster, y encontré a mi padre igual que siempre. Ahora estaba tratando de obligar a mi madre, que había recibido una considerable herencia de su padre, a legalizar su dinero para él. Semana tras semana, en el hospital local, ella se negaba, y semana tras semana él despotricaba mientras mi madre se retorcía de dolor. Rogué a las enfermeras que lo detuvieran, pero me dijeron que nadie podía interponerse entre un hombre y su esposa.

Al principio, mi madre se negó a creer que estaba muriéndose. Pero cuando mi padre finalmente la rompió, presionándola para que firmara los papeles, su vida comenzó a decaer en serio. Murió el 16 de septiembre de 1958, y mi padre trajo el cuerpo a casa y lo colocó en el comedor. Esa noche, mientras ella yacía al lado, cenamos en la mesa del vestíbulo. Después, mi padre nos dispuso frente al ataúd abierto, que estaba cubierto con un paño rojo. Mi hermano, mi hermana y yo le rogamos que no quitara la tela, pero cuando abrimos los ojos después de rezar una oración, fuimos confrotados con su pálido rostro. Recuerdo vivamente los algodones que salían de su nariz.

Todas las noches hacíamos vigilia ante su cuerpo, y cada noche era ella expuesta a la humillación de tener a sus hijos mirándola en visible descomposición. Por fin, seis días después, mi padre la enterró. Me fui de casa al día siguiente y sólo lo vi una vez más, cuando llevé sus cenizas a la tumba de mi madre, en 1982.

Sólo decidí hablar de mi infancia traumática la semana pasada, en un programa de radio de la BBC llamado “La Casa en que crecí”. Pero hace ya mucho tiempo que decidí no repetir las lecciones tóxicas que aprendí de niña. En vez de eso, me he convertido en una superviviente.

Me di cuenta de que el feminismo era una mentira. Las mujeres y los hombres son, ambos, capaces de una extraordinaria crueldad. De hecho, lo único que un niño necesita de verdad -dos padres biológicos bajo un mismo techo-, estaba siendo socavado por la misma ideología que afirmaba hablar en favor de los derechos de las mujeres.

Este país está ahora al borde de un colapso moral grave. Tenemos que dejar de demonizar a los hombres y empezar la curación de la grieta que el feminismo ha creado entre hombres y mujeres. La insidiosa y manipuladora filosofía de Harriet Harman de que “las mujeres son siempre víctimas y los hombres siempre opresores” sólo continuará este ciclo de violencia inenarrable. Y son nuestros hijos los que sufrirán.

La violencia doméstica no es una cuestión de sexo

Erin Pizzey
Traducido con permiso expreso de la autora por Antonio Luengo Dos Santos
 

En 1971 abrí el primer refugio del mundo para víctimas de la violencia doméstica. Estuve trabajando en un pequeño proyecto de comunidad en Chiswick, un suburbio de Londres, cuando una mujer entró y me enseñó sus arañazos. La llevé a casa esa noche y desde entonces mujeres con sus hijos aparecían en la puerta. Mi pequeño centro comunitario se convirtió en el primer refugio del mundo para víctimas de la violencia doméstica.

Porque, desde el principio, yo era consciente de que la violencia doméstica no era una cuestión de sexo. Abrí un refugio para hombres en el Norte de Londres, que cerró por falta de apoyo y financiación. Yo era consciente de que, de las primeras cien mujeres que entraron en el refugio, sesenta y dos eran tan violentas, o en algunos casos más violentas, que los hombres que habían dejado atrás. Escribí mis averigüaciones en “Un Estudio Comparativo de las Mujeres Maltratadas y las Mujeres Proclives a la Violencia”,  todavía sin publicar.

Creo que la violencia en las relaciones interpersonales es un patrón de comportamiento aprendido en la temprana infancia. Algunos chicos que son expuestos a la violencia de manos de sus cuidadores primarios, generalmente madres y padres, internalizan el comportamiento abusivo y en adelante utilizan la violencia y el abuso como una estrategia de supervivencia.

En el refugio, me encontré que estaba enfrentando dos problemas diferentes. Algunas mujeres eran victimas “inocentes” de sus parejas “violentas”: ellas necesitaban refugio, confort y consejo legal muy rápidamente. Incluso si ellas volvían con el compañero violento en algunas ocasiones, se separaban del abuso y salían para crear un nuevo estilo de vida no violento.

Otras mujeres, por el contrario, eran “víctimas de su propia violencia”, la mayoría de ellas habían experimentado violencia y abuso en la infancia. Tenían una historia de relaciones violentas y a menudo antecedentes criminales. Necesitaban no solamente consejo legal y refugio, sino también consejo profesional para ayudarlas a terminar con sus propios antecedentes abusivos, para que no continuasen volviendo a las relaciones violentas y abusivas reemplazando al compañero violento casi inmediatamente por otro, condenando por tanto a sus hijos a años de abuso.

Las mujeres que no son violentas en sí mismas encuentran extremadamente difícil compartir acomodo con las mujeres que son, no solamente abusadoras, sino también violentas con sus propios hijos. Muy rápidamente, tan pronto abrí otros refugios y analicé a las mujeres violentas y a sus hijos, opté por acoger a estas mujeres proclives a la violencia y creé una gran comunidad terapéutica, que intentaba ayudar a las víctimas que eran violentas por sí mismas.

Tuve un acuerdo recíproco con aquellos refugios, para que acogieran a las mujeres que no tenían necesidad de nuestra comunidad terapéutica. Teníamos algunos proyectos importantes, pero los más valorables fueron nuestro segundo estadio de casas, donde las mujeres podían moverse en grupos de cinco mujeres con sus hijos, y compartir unas con otras el tiempo hasta que fueran realojadas.

El grupo de ayuda y hermandad en las casas ayudó a las mujeres muy vulnerables y sus hijos a encontrar sus raíces. Ya que fueron alojadas dentro de un cierto área, el segundo estadio de alojamiento estaba siempre allí para ofrecerles ayuda, y el centro de crisis tenia incluso la puerta abierta. Si una mujer se encontraba en dificultades o en una relación violenta, siempre era bienvenida en la casa madre de Chiswisk.

Mi argumentación con el movimiento feminista

En 1969 vi la primera manifestación de los colectivos feministas en Inglaterra. Al mismo tiempo que yo abría mi refugio, el movimiento feminista estaba buscando financiación y una causa justa. Ellas redefinieron los idearios marxistas y declararon que eran los HOMBRES (los patriarcas), no el Capitalismo, los que mantenían las ventajas del poder sobre las mujeres y los grupos minoritarios (el proletariado). Todos los hombres eran ahora el enemigo. La vida familiar era un lugar peligroso para las mujeres y los niños, porque los hombres utilizaban la violencia física y emocional para mantener sus ventajas de poder, y las mujeres solamente reaccionaban violentamente en defensa propia.

Harriet Harman, Anne Coote y Patricia Hewill expresaron sus creencias en un escrito de política social llamado “La vía familiar“: “no puede [dijeron], por tanto, asumirse que los hombres están ligados a ser un atractivo para la vida familiar, o que la presencia de padres en las familias es necesariamente un medio para la armonía y cohesión”. Estos sentimientos animaron al movimiento feminista radical a manifestar que todos los hombres y niños eran violadores y maltratadores en potencia”.

Anna Coote y Beatrix Campbell, en su libro “Dulce Libertad”, ven (feministas) la violencia doméstica como una expresión del poder que los hombres empuñan sobre las mujeres, en una sociedad donde la dependencia femenina fue construida dentro de la estructura de la vida diaria. De su propia extensa experiencia de trabajo en los refugios, ellas concluyen que la esposa maltratada no era la práctica de unos pocos desviados, sino algo que podía emerger en el curso “normal” de las relaciones matrimoniales, y para “limitar cualquier refugio o ayuda a las mujeres y los hijos’. A los hombres no se les permite trabajar o visitar los refugios, y a ningún hombre se le permite sentarse en ningún Comité de los refugios afiliados a la “Federación Nacional de Ayuda a Mujeres”. Aquellos refugios que no cumplen con la ideología feminista reconocida por la Federación, se les niega la afiliación. Muchos de los niños varones de sus refugios superan los doce años.

A mediados de los años 1990, por primera vez se hizo el “Primer Estudio Británico del Delito” (British Crime Survey), y el Ministerio del Interior registró las víctimas masculinas de la violencia doméstica. Lentamente se hizo evidente que los estudios académicos de todo el mundo estaban empezando a refutar los hallazgos de las agencias feministas, que habían mantenido como estrangulado al movimiento mundial de refugios. Lentamente, me empezaron a pedir que hablara en varios foros sobre la Violencia Doméstica, y a grupos de hombres, sobre el hecho de que la violencia doméstica no era y no ha sido nunca una cuestión de sexo. Un gigantesco plan propagandístico ha sido perpetrado y se han producido insostenibles estadísticas para alimentar una desastrosa y dañina política ideológica, que ahora es una industria de un billón de dólares en todo el mundo, que discrimina contra muchos padres y hombres inocentes.

El presente

Recientemente me han enviado un artículo de Donal Dutton, “Agresión y comportamiento violento”, volumen 10, tema 6. En este artículo, Don Dutton revisa una amplia lista de literatura sobre el tema de la violencia doméstica.

Ya que yo creo que la violencia interpersonal es un patrón de comportamiento aprendido en la infancia temprana, encuentro que los argumentos de si los hombres atacan primero a las mujeres o las mujeres a los hombres, es irrelevante. Ambos sexos son lesionados cuando se exponen a la violencia y cualquier sexo puede convertirse en víctima o agresor. Mucha de la violencia puede ser consensuada, es decir, ambos compañeros son violentos creyendo cada uno que el otro es el agresor.

Dutton dice que “los estudios sugieren que este quemado argumento sobre el sexo no está demostrado empíricamente, porque el comportamiento de ambos compañeros contribuye al riesgo de abuso significativo de la pareja, y ambas partes deben de ser tratadas”.

En su conclusión Dutton dice: “Al mismo tiempo, uno tiene que preguntarse si las feministas están más interesadas en disminuir la violencia dentro de una población o en promocionar una ideología política. Si están interesadas en disminuir la violencia, debería de disminuirse en todos los miembros de una población y por los medios más efectivos y útiles posibles. Esto significaría un acercamiento tratamiento/intervención”.

Ésta era la aproximación que se practicaba en el refugio de Chidwisk, donde hace treinta años me di cuenta de que, para algunos niños nacidos en violentas y a veces abusivas familias, a menos que se adoptara un método terapéutico, muchos de estos niños crecerían para repetir los patrones de sus progenitores.

La tragedia para mí es que tuve la visión de que la gente que estaba infectada por una crianza disfuncional y violenta podía encontrar un lugar que les ofreciera la oportunidad de aprender a vivir en paz y armonía. [Pero] este sueño fue destruido, junto con todos mis proyectos y evidencias. El movimiento feminista rechazó resolutivamente cualquier argumento en el que las mujeres pudieran tener responsabilidad en su elección de relaciones. La imagen de mujeres como víctimas, como indefensas e infantiles dependientes de los brutales hombres a lo largo del mundo, ha dañado las relaciones entre los sexos. La idea de que la familia es un peligro para las mujeres y los niños, ha destrozado mucho de nuestros tradicionales conceptos sobre el matrimonio. La feministación de la familia y de la sociedad Occidental ha causado que los hombres se conviertan en unos parias y en una fuente de ridículo a los ojos de sus hijos.

DISCRIMINACIÓN MASCULINA, UNA REALIDAD OCULTA POR EL MIEDO

Foto de Laura Vazquez

Por Laura Vazquez el 25-04-2010

Discriminacion masculina

Cuando se hace referencia a la discriminación, se la asocia de inmediato a la mujer y a los prejuicios que en diferentes aspectos abundan contra ella. Sin embargo, poca mención tiene la exclusión que se ejerce hacia los hombres, quienes también sufren discriminación algunas veces.

¿De qué se quejan ellos?

  • La edad de jubilación suele ser más alta para ellos
  • Luego de un divorcio, si hay hijos de por medio, éstos siempre quedan a cargo de las mujeres, así como también juega a favor de ellas la vivienda, ingresos y futuras pensiones
  • Prejuicios por motivos de orientación sexual. Ellos afirman que son más perseguidos y más juzgados que las mujeres lesbianas
  • No tienen el mismo acceso a la planificación familiar que tienen las mujeres
  • Cuando son maltratados física y psíquicamente por sus parejas, no consiguen el mismo trato y beneficio que cuando una mujer denuncia
  • El acoso sexual en el trabajo es una realidad que, cuando se comenta o expone, solamente merece descrédito

Datos interesantes sobre discriminación masculina

  • Según datos de la Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Trabajo de EEUU las denuncias por acoso sexual expuestas por los hombres, han aumentado dramáticamente. Teniendo en cuenta los datos del año 2006 respecto de la década anterior, se recibieron en total 12.025 denuncias, las que representan el 15,4%
  • No suele existir en ningún país una institución formal que ampare al hombre maltratado, aunque sí existen leyes que ellos no suelen conocer que los amparan

La realidad pragmática no le da la importancia que estos prejuicios despiertan. Que una mujer maltrate a su pareja o que un hombre sea acosado, se ve como una situación irrisoria a la que no se vale la pena prestarle demasiada consideración. El hombre también puede ser la víctima y si no denuncia o se queja es por miedo a ser humillado y a no ser tomado en serio. El temor a la burla o el miedo a ser considerado menos “macho” por su entorno social, laboral y familiar, también ejerce un papel preponderante para que éste se mantenga en silencio, aguantando los golpes a su autoestima.

Cuáles son los sentimientos de un hombre discriminado

  • Soledad
  • Culpa
  • Constante inhibición
  • Baja autoestima
  • Rendimiento ineficaz en el trabajo
  • Temor ante la toma de decisiones

El maltrato al que muchos hombres están sometidos puede ser físico o emocional, éste último suele ser el más utilizado por las mujeres, ya que según los hombres que se encuentran en esta situación, mediante el chantaje y la manipulación las mujeres son expertas en conseguir sus cometidos.

Algunas de las artimañas o artilugios utilizados por ellas para doblegar a un hombre pueden ser:

  • No dejarle ver a los hijos interponiendo excusas de dudosa calidad y veracidad
  • Atacar si ellos tienen otra pareja o amenazar constantemente si no se hacen las cosas de la manera en que ellas quieren

La persona que ejerce esta presión contra el hombre no siempre es la misma, por ello que puede encontrarse que el origen de la problemática viene de distintos agentes, por ejemplo la madre, esposa, compañera de trabajo, etc.

Razones por las que al hombre no asume o termina con la situación de perjuicio

  • Sienten que merecen lo que padecen y se consideran culpables
  • Temor a no poder ver más a sus hijos o miedo a dejarlos solos con una mujer violenta
  • Al hombre le cuesta mucho más que a la mujer contar sus problemas conyugales, sobre todo cuando éstos tienen relación con maltrato o acoso sexual. Creen que su virilidad estará en tela de juicio si lo hacen
  • Vivir este tipo de situaciones genera un estado de ansiedad del cual es muy complejo liberarse

Tal como ocurre con la mujer, es difícil abandonar una relación en la que se ha creado esta peligrosa y contradictora adicción, pues ambos se necesitan.

Consejos útiles

  • El hombre discriminado debe animarse a hablar. Si no es con un familiar o un amigo, es aconsejable consultar con un especialista, ya que una situación que parece inofensiva puede tornarse peligrosa si se continúa mucho tiempo atrapado en ella
  • El acoso sexual laboral debe ser denunciado, ya que hay leyes que amparan tanto a hombres como mujeres que sufren esta persecución
  • El hombre maltratado desconoce las leyes que lo protegen. Informarse es el primer paso para liberarse de una situación adictiva

Relación Mujeres castrantes, hombres castrados o sumisos.

Cuando menciono el término de “hombres castrados”, los cuales tambien son conocidos como sumisos o emasculados, me refiero a hombres o varones que simbólicamente han perdido su masculinidad, su virilidad, y se han convertido en personas socialmente impotentes frente a las mujeres, que las consideran como seres peligrosos, vengativos, irascibles o simplemente inalcanzables, y que ceden de forma pusilánime a todas sus demandas, caprichos y que al comportarse así propician que estas mujeres les pierdan el respeto, abusen de ellos, se aprovechen de su posición (como jefa, esposa, novia, amiga) y los sometan, como una persona sometería a un perro. Eso crea un círculo vicioso de maltrato y una actitud perdedora,

Esta relación se da básicamente en tres aspectos de la vida:

Madres castrantes, jefas castrantes y esposas, novias o amigas analicemos cada una de estas:

Madres castrantes:
Relación Mujeres castrantes, hombres castrados o sumisos.

Una madre castrante es aquella que de manera inconsciente anula la autoridad del padre y ejerce una influencia negativa sobre la educación de sus hijos. Suelen ser contemplativas, generosas, dadivosas, amables, serviciales, con espíritu de sacrificio, en resúmen, son las madres que viven por y para los hijos, siendo madre de ellos para toda la vida. Este tipo de madre genera en los hijos unos lazos afectivos ( cordón umbilical ) muy dificiles de cortar, de manera que el desarrollo psicoemocional de los mismos se retrasa porque se produce una fijación del amor y del deseo hacia la madre, provocando un rechazo inconsciente hacia todo hombre o mujer del mundo exterior.

Ser madre es un verdadero privilegio, pero el sobreproteger a los hijoshasta tal punto de asfixiarlos psicológicamente, es conducirlos a una vía que genera en los hijos infelicidad y los vuelve inmaduros.
Ser madre es algo muy esperado por muchas mujeres, que ven la posibilidad una forma de autorrealización. El problema se ocasiona cuando algunas mujeres no comprenden que el rol de ser madre no les brinda el derecho de castrar psicológicamente a sus hijos a tal grado de no posibilitarles crecer y madurar como personas.
Las madres en ocasiones piensan que sus hijos son de su exclusiva propiedad, son personas que están psicológicamente enfermas y que tarde o temprano provocaran algún daño y en muchas ocasiones de manera irremediable, a sus hijos e hijas.
Las madres castradoras que no les interesa que sus hijos se enfermen con tal de conservarlos a su lado.
La persona que esta castrada por su madre presenta las siguientes características:
Temor, inseguridad, dependencia emocional y económica, criticar las conductas de la pareja, tiene una conducta sobreprotectora hacia la pareja, dificultad en marcar y sostener limites, falta de estrategias de comunicación, sentimientos marcados de temor al abandono, sentimientos de angustia, conductas intolerantes ante la dinámica de la pareja, miedos, disfunciones en la conducta sexual, cuenta con problemas de adaptación en el trabajo y la universidad, incapacidad para tomar decisiones propias, no tiene metas.
La madre dominante que limita la libertad de acción y de pensamiento de sus hijos, en especial con los hijos varones le ocasiona secuelas psicológicas que muchas veces son irreversibles. Estas mamás suelen ser maduras y de aspecto severo.
Es complejo el mundo de la madre. Tanto es así que la mayoría de los trastornos mentales tienen que ver con madres excesivamente protectoras y padres prácticamente anulados por una madre posesiva

Jefas castrantes
hombres

Esta relación se da en el trabajo o en los centros laborales donde la mujer es jefa del hombre o tiene a su cargo a un grupo de hombres y en la cual se basa en no contradecir a la jefa por temor de desatar la ira o furia de ella y exponerlo a un regaño enfrente de los demás compañeros de trabajo y muchas de las veces, el hombre se vuelve temeroso de cualquier reacción por parte de la mujer, a esta mujer se le conoce como hembras alfa.

Esposas, novias y amigas castrantes
relaciones

Se ha descubierto un fenómeno bastante interesante en el mundo masculino que es bastante preocupante: el miedo a las mujeres y al mundo femenino.
en todos lados hay hombres temerosos de las mujeres, que les tienen puro miedo y pánico a lo que ellas puedan decir, que creen que el mundo femenino es un algo totalmente diferente de ellos y que por ello hay que temerles, porque son demasiado seguras de sí mismas, porque tienen pretendientes a montón, porque reparan en la belleza física de nosotros los hombres, porque sus orgasmos son inalcanzables y simplemente nunca están satisfechas, que se burlan en secreto de los hombres por inútiles, que los regañan, que los hacen sentir mal, que los manipulan, que los engañan, que son infieles, que son mentirosas, etc.
Aunque el miedo a las mujeres tenga algo de práctico y real sus bases son profundas, inconscientes, simbólicas en la mente de los hombres que se vuelven pusilánimes ante ellas, en la mente masculina que se deja castrar simbólicamente ante las mujeres que parecen apropiarse de su virilidad y tomar fuerza de ella.
Una de las consecuencias más interesantes que ha traído el miedo del hombre a la mujer es que, en muchos casos, la visión que tiene la mujer de sí misma la ha construido a partir del miedo que el hombre le ha tenido a ella. Pareciera incluso que la mujer llegara en ocasiones a temerse a sí misma. Se ha escuchado de forma constante a mujeres decir que es mejor tener amigos hombres porque son más leales que las amigas mujeres, o escuchar que dicen que es mejor un enemigo hombre que una enemiga mujer, que es más traicionera, desleal y sin corazón.
Creo que una primera respuesta está en revisar para nosotros que es ser hombre, varón, masculino, y qué es lo que en realidad es una mujer. Y a partir de allí revisar nuestros miedos, y cómo algunas los utilizan como mecanismo de poder y manipulación. Es importante saber que la idea no es discutir, o remontar la ventaja, es simplemente recuperar espacios de autonomía, de libertad, de capacidad de decir que NO, de hacer las cosas como consideramos que son correctas, de poder enfrentar una discusión si ella es fruto de tomar nuestras propias decisiones.

A eso me refiero cuando hablo de hombres castrados, que simbólicamente han perdido su masculinidad, su virilidad, y se han convertido en personas socialmente impotentes frente a las mujeres, que las consideran como seres peligrosos, vengativos, irascibles o simplemente inalcanzables, y que ceden de forma pusilánime a todas sus demandas, caprichos y que al comportarse así propician que estas mujeres les pierdan el respeto, abusen de ellos, se aprovechen de su posición (como madre, jefa, esposa, novia, amiga) y los sometan, como una persona sometería a un perro. Eso crea un círculo vicioso de maltrato y una actitud perdedora,

Por último, les quiero presentar el siguiente video de como no castrar a un hombre

link: http://www.youtube.com/watch?v=L2H8hPshYS0&feature=player_embedded#!

EUNUCOS: LA HISTORIA DE UNA CASTRACIÓN

El periodista y escritor José Antonio Díaz Sáez publica un repaso histórico y geográfico por aquellas personas que fueron privadas de sus genitales

Foto: Cronos castrando a su padre Urano, de Giorgio Vasari
Los datos hablan por sí solos. En el año 1971 en Afganistán todavía se utilizaba la castración en los niños. En 2002 la cadena británica BBC denunciaba que en Níger todavía se emasculaba a los esclavos en determinadas áreas rurales. En 2012 varias ONG denuncian la mutilación de los genitales de los albinos para ser utilizados como ingredientes en pócimas de brujería en países como Tanzania, Mali, Camerún y otros países.

Una práctica salvaje que se remonta al año 5.000 antes de Cristo, cuando el hombre mutila los genitales de otro hombre por primera vez, dando lugar al primer eunuco de la historia. Un dato recogido en el libro, Eunucos (Ediciones Almuzara), del periodista y escritor José Antonio Díaz Sáez.

Un repaso histórico y geográfico por la historia de los castrados, y su influencia en determinadas civilizaciones en todos los tiempos, hasta la actualidad, donde en países como India los pasaportes tienen tres casillas: Hombres, mujeres y eunucos.

Díaz Sáez, que ha tardado cuatro años en reunir la documentación necesaria para esta obra, sitúa el origen de esta práctica en el momento en el que el ser humano abandona la vida nómada y se hace sedentario, en el neolítico y alrededor de la zona conocida como el creciente fértil. Una zona bañada por los ríos Nilo, Jordán, Eufratis y Tigris, que ahora ocupan países como Egipto, Israel, Palestina, Siria o Irak.

Eunuco en China (Eunucos, Editorial Almuzara)
Eunuco en China (Eunucos, Editorial Almuzara)

En ese contexto el hombre comienza a capturar animales, a domesticarlos y a controlar su reproducción. Algo que proporcionaba un control de los alimentos y facilitaba otras materias primas.Para consolidar el dominio del hombre sobre sus bestias se comienza a realizar actividades para reducir la agresividad del animal. Así comienza la mutilación de otro ser vivo por parte del hombre, que originariamente era de tres tipos: el descuernado, el anillado de hocico, y la castración.

Fue esta última la que se extendió al percatarse de que no sólo se eliminaba la peligrosidad de la bestia, sino que también se reducía su apetito sexual y anulaba su capacidad de reproducirse.

Tras la aceptación de esta práctica el hombre demostró una vez más que es un lobo para el hombre y decide, en el año 2.000 antes de Cristo, castrar también a sus esclavos. Si los animales se vuelven más dóciles ¿ocurrirá lo mismo con las personas humanas?

Surge así la figura del eunuco, que centrará las más de 400 páginas del libro de José Antonio Díaz Sáez. Una figura alejada del mero castrado, con un componente social más rico. El eunuco comienza a convertirse en una persona de confianza de las altas esferas, en el protector del harén, en el mediador entre el rey y sus inferiores.

La figura del eunuco está alejada del mero castrado, con un componente social más rico. El eunuco comienza a convertirse en una persona de confianza de las altas esferas, en el protector del harén, en el mediador entre el rey y sus inferioresEsta figura surge en diferentes rincones del mundo, y en cada uno de ellos tiene un nombre propio: kurgarru para los sumerios, assinnu para los acadios, ishtaritu para los babilonios y galli para los romanos entre otros muchos para definir una misma realidad: aquellos que habían sido privados de sus genitales por orden de los gobernantes (aunque algunos llegaron a hacerlo por voluntad propia, o incluso para salvar económicamente a una familia que nunca volverían a ver).

A cambio de todo lo que se les quitaba se les otorgaba mucho poder y privilegios. Ellos, a cambio se convertían en leales hombres de confianza de reyes y emperadores. El libro de Díaz Sáez cita a Lewis Coser para describir cuál era la función real del eunuquismo: cortar el ascenso al poder de la burocracia. Gracias a los eunucos se crea un grupo de funcionarios que no pueden dejar sus cargos en herencia a sus descendientes, evitando luchas y conspiraciones por el poder.

A pesar de su fidelidad, los eunucos también intentaron sus propios motines. Uno de los más importantes tuvo lugar durante el reinado de Assarhaddon (Rey de Asiria) entre los años 671 y 670. Allí, los mutilados dieron un golpe de estado para colocar a su jefe.

Este intento de cambiar las normas establecidas no funcionó, y terminó con el jefe eunuco ejecutado  y con una purga de aquellos que se encontraban sirviendo al rey en aquellos momentos. Desde ese momento la concepción del eunuco cambio por completo y deja de ser el hombre poderoso al lado de los gobernantes.

Eunucos en la Biblia

No sólo en los libros de historia ha ido apareciendo la figura del eunuco. En el texto fundamental del cristianismo, La Biblia, se hacen constantes referencias al “tercer sexo”. Exactamente 47 menciones.

Ardhanari, deidad hinduista andrógina (Eunucos, Ediciones Almuzara)
Ardhanari, deidad hinduista andrógina (Eunucos, Ediciones Almuzara)

Una de las más importantes figuras castradas es Noé, cuyos órganos sexuales fueron amputados por su propio hijo Cam, y eso que la castración está rechazada con fuerza en dos de los libros del Antiguo Testamento: el Levítico y el Deuteronomio, en este último de manera muy explícita: “El hombre que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado no será admitido en la asamblea de Yahveh”.

La ley de Moisés alejaba a los eunucos de Israel, aunque más tarde les pidió que no se alejarán de la fe cristiana.

Muchos han visto en el gran número de referencias a los eunucos en la Biblia una intención de evitar llamar por su nombre a la homosexualidad, como ha publicado Faris Malik en su libro Homosexuality in the bible como cita José Antonio Díaz Sáez en su obra.

España también tiene su momento ominoso en la historia de los eunucos, ya que los primeros Castrati no pertenecen, como todo el mundo presupone, a Italia, sino a Huesca en el siglo XII.

Aquellos niños que eran castrados para conservar su angelical voz fueron castrados por la Iglesia para rentabilizar la inversión que se había desembolsado en su educación musical. Esto se popularizó en el siglo XV, cuando se popularizan las prácticas polifónicas, que requieren de voces femeninas, y la mujer no puede cantar en un coro eclesiástico. Por lo que comienza a requerirse la voz de falsetistas y castrados.

La España del Medievo, como apunta Díaz Sáez, tiene el dudoso honor de ser el primer país europeo que recurrió a la castración de niños para fines musicales.