La violencia doméstica no es una cuestión de sexo

Erin Pizzey
Traducido con permiso expreso de la autora por Antonio Luengo Dos Santos
 

En 1971 abrí el primer refugio del mundo para víctimas de la violencia doméstica. Estuve trabajando en un pequeño proyecto de comunidad en Chiswick, un suburbio de Londres, cuando una mujer entró y me enseñó sus arañazos. La llevé a casa esa noche y desde entonces mujeres con sus hijos aparecían en la puerta. Mi pequeño centro comunitario se convirtió en el primer refugio del mundo para víctimas de la violencia doméstica.

Porque, desde el principio, yo era consciente de que la violencia doméstica no era una cuestión de sexo. Abrí un refugio para hombres en el Norte de Londres, que cerró por falta de apoyo y financiación. Yo era consciente de que, de las primeras cien mujeres que entraron en el refugio, sesenta y dos eran tan violentas, o en algunos casos más violentas, que los hombres que habían dejado atrás. Escribí mis averigüaciones en “Un Estudio Comparativo de las Mujeres Maltratadas y las Mujeres Proclives a la Violencia”,  todavía sin publicar.

Creo que la violencia en las relaciones interpersonales es un patrón de comportamiento aprendido en la temprana infancia. Algunos chicos que son expuestos a la violencia de manos de sus cuidadores primarios, generalmente madres y padres, internalizan el comportamiento abusivo y en adelante utilizan la violencia y el abuso como una estrategia de supervivencia.

En el refugio, me encontré que estaba enfrentando dos problemas diferentes. Algunas mujeres eran victimas “inocentes” de sus parejas “violentas”: ellas necesitaban refugio, confort y consejo legal muy rápidamente. Incluso si ellas volvían con el compañero violento en algunas ocasiones, se separaban del abuso y salían para crear un nuevo estilo de vida no violento.

Otras mujeres, por el contrario, eran “víctimas de su propia violencia”, la mayoría de ellas habían experimentado violencia y abuso en la infancia. Tenían una historia de relaciones violentas y a menudo antecedentes criminales. Necesitaban no solamente consejo legal y refugio, sino también consejo profesional para ayudarlas a terminar con sus propios antecedentes abusivos, para que no continuasen volviendo a las relaciones violentas y abusivas reemplazando al compañero violento casi inmediatamente por otro, condenando por tanto a sus hijos a años de abuso.

Las mujeres que no son violentas en sí mismas encuentran extremadamente difícil compartir acomodo con las mujeres que son, no solamente abusadoras, sino también violentas con sus propios hijos. Muy rápidamente, tan pronto abrí otros refugios y analicé a las mujeres violentas y a sus hijos, opté por acoger a estas mujeres proclives a la violencia y creé una gran comunidad terapéutica, que intentaba ayudar a las víctimas que eran violentas por sí mismas.

Tuve un acuerdo recíproco con aquellos refugios, para que acogieran a las mujeres que no tenían necesidad de nuestra comunidad terapéutica. Teníamos algunos proyectos importantes, pero los más valorables fueron nuestro segundo estadio de casas, donde las mujeres podían moverse en grupos de cinco mujeres con sus hijos, y compartir unas con otras el tiempo hasta que fueran realojadas.

El grupo de ayuda y hermandad en las casas ayudó a las mujeres muy vulnerables y sus hijos a encontrar sus raíces. Ya que fueron alojadas dentro de un cierto área, el segundo estadio de alojamiento estaba siempre allí para ofrecerles ayuda, y el centro de crisis tenia incluso la puerta abierta. Si una mujer se encontraba en dificultades o en una relación violenta, siempre era bienvenida en la casa madre de Chiswisk.

Mi argumentación con el movimiento feminista

En 1969 vi la primera manifestación de los colectivos feministas en Inglaterra. Al mismo tiempo que yo abría mi refugio, el movimiento feminista estaba buscando financiación y una causa justa. Ellas redefinieron los idearios marxistas y declararon que eran los HOMBRES (los patriarcas), no el Capitalismo, los que mantenían las ventajas del poder sobre las mujeres y los grupos minoritarios (el proletariado). Todos los hombres eran ahora el enemigo. La vida familiar era un lugar peligroso para las mujeres y los niños, porque los hombres utilizaban la violencia física y emocional para mantener sus ventajas de poder, y las mujeres solamente reaccionaban violentamente en defensa propia.

Harriet Harman, Anne Coote y Patricia Hewill expresaron sus creencias en un escrito de política social llamado “La vía familiar“: “no puede [dijeron], por tanto, asumirse que los hombres están ligados a ser un atractivo para la vida familiar, o que la presencia de padres en las familias es necesariamente un medio para la armonía y cohesión”. Estos sentimientos animaron al movimiento feminista radical a manifestar que todos los hombres y niños eran violadores y maltratadores en potencia”.

Anna Coote y Beatrix Campbell, en su libro “Dulce Libertad”, ven (feministas) la violencia doméstica como una expresión del poder que los hombres empuñan sobre las mujeres, en una sociedad donde la dependencia femenina fue construida dentro de la estructura de la vida diaria. De su propia extensa experiencia de trabajo en los refugios, ellas concluyen que la esposa maltratada no era la práctica de unos pocos desviados, sino algo que podía emerger en el curso “normal” de las relaciones matrimoniales, y para “limitar cualquier refugio o ayuda a las mujeres y los hijos’. A los hombres no se les permite trabajar o visitar los refugios, y a ningún hombre se le permite sentarse en ningún Comité de los refugios afiliados a la “Federación Nacional de Ayuda a Mujeres”. Aquellos refugios que no cumplen con la ideología feminista reconocida por la Federación, se les niega la afiliación. Muchos de los niños varones de sus refugios superan los doce años.

A mediados de los años 1990, por primera vez se hizo el “Primer Estudio Británico del Delito” (British Crime Survey), y el Ministerio del Interior registró las víctimas masculinas de la violencia doméstica. Lentamente se hizo evidente que los estudios académicos de todo el mundo estaban empezando a refutar los hallazgos de las agencias feministas, que habían mantenido como estrangulado al movimiento mundial de refugios. Lentamente, me empezaron a pedir que hablara en varios foros sobre la Violencia Doméstica, y a grupos de hombres, sobre el hecho de que la violencia doméstica no era y no ha sido nunca una cuestión de sexo. Un gigantesco plan propagandístico ha sido perpetrado y se han producido insostenibles estadísticas para alimentar una desastrosa y dañina política ideológica, que ahora es una industria de un billón de dólares en todo el mundo, que discrimina contra muchos padres y hombres inocentes.

El presente

Recientemente me han enviado un artículo de Donal Dutton, “Agresión y comportamiento violento”, volumen 10, tema 6. En este artículo, Don Dutton revisa una amplia lista de literatura sobre el tema de la violencia doméstica.

Ya que yo creo que la violencia interpersonal es un patrón de comportamiento aprendido en la infancia temprana, encuentro que los argumentos de si los hombres atacan primero a las mujeres o las mujeres a los hombres, es irrelevante. Ambos sexos son lesionados cuando se exponen a la violencia y cualquier sexo puede convertirse en víctima o agresor. Mucha de la violencia puede ser consensuada, es decir, ambos compañeros son violentos creyendo cada uno que el otro es el agresor.

Dutton dice que “los estudios sugieren que este quemado argumento sobre el sexo no está demostrado empíricamente, porque el comportamiento de ambos compañeros contribuye al riesgo de abuso significativo de la pareja, y ambas partes deben de ser tratadas”.

En su conclusión Dutton dice: “Al mismo tiempo, uno tiene que preguntarse si las feministas están más interesadas en disminuir la violencia dentro de una población o en promocionar una ideología política. Si están interesadas en disminuir la violencia, debería de disminuirse en todos los miembros de una población y por los medios más efectivos y útiles posibles. Esto significaría un acercamiento tratamiento/intervención”.

Ésta era la aproximación que se practicaba en el refugio de Chidwisk, donde hace treinta años me di cuenta de que, para algunos niños nacidos en violentas y a veces abusivas familias, a menos que se adoptara un método terapéutico, muchos de estos niños crecerían para repetir los patrones de sus progenitores.

La tragedia para mí es que tuve la visión de que la gente que estaba infectada por una crianza disfuncional y violenta podía encontrar un lugar que les ofreciera la oportunidad de aprender a vivir en paz y armonía. [Pero] este sueño fue destruido, junto con todos mis proyectos y evidencias. El movimiento feminista rechazó resolutivamente cualquier argumento en el que las mujeres pudieran tener responsabilidad en su elección de relaciones. La imagen de mujeres como víctimas, como indefensas e infantiles dependientes de los brutales hombres a lo largo del mundo, ha dañado las relaciones entre los sexos. La idea de que la familia es un peligro para las mujeres y los niños, ha destrozado mucho de nuestros tradicionales conceptos sobre el matrimonio. La feministación de la familia y de la sociedad Occidental ha causado que los hombres se conviertan en unos parias y en una fuente de ridículo a los ojos de sus hijos.

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