Conflicto de Lealtades

Cuando se produce una ruptura de pareja con conflicto de por medio, no es difícil que los hijos se vean en la necesidad de asegurarse el cariño de al menos uno de los padres.

La separación es siempre dolorosa para las partes, y no digamos para los niños, que en ocasiones, reaccionan con un sentimiento de abandono respecto del progenitor que se va y con un intenso sentimiento de apego hacia el progenitor que se queda, si bien, no alcanzan a entender los motivos de la ruptura.

Esta necesidad de protección hace que cuando uno de los padres pretende conseguir el apoyo incondicional de los hijos, estos se vean envueltos en un conflicto interior llamado conflicto de lealtades. Es decir, cuando reciben presiones para acercarse a una u otra posición (materna o paterna), si no toman partido, se sienten aislados y desleales hacia ambos progenitores, pero si lo hacen para buscar mayor protección, sentirán que traicionan a uno de los dos.

El conflicto de lealtades fue descrito inicialmente por Borszomengy-Nagy en 1973 definiéndolo como una dinámica familiar en la que la lealtad hacia uno de los padres implica deslealtad hacia el otro. El resultado puede ser resumido en que el hijo tiene que asumir incondicionalmente su lealtad hacia uno de los progenitores en detrimento del otro”.

El doble vínculo fue expuesto por Bateson, Jackson, Haley y Weakland en 1956 para entender la estructuración de los mensajes en las familias de esquizofrénicos. Este término puede aplicarse a determinadas situaciones relativas a las rupturas conflictivas. El mensaje verbal explícito “tienes que ver a papá” se contradice con otro implícito, de “no lo veas”. Para el niño está en juego el miedo a la pérdida de afecto.

La triangulación, definida por Bowen en 1998, describe que cuando existe un conflicto entre dos personas, este puede ser enmascarado al generarse un conflicto entre uno de los dos y un tercero. Cuando aparece el rechazo parece que el conflicto entre los padres queda en segundo plano, aunque en realidad lo utilizarán para seguir acusándose mutuamente.

En la triangulación manipuladora el niño recibe mensajes contradictorios que le generan desconcierto y angustia básica.

El cisma marital Lidz (años 60) se definió como el efecto a largo plazo .Cada uno de los miembros de la pareja se dedica a desprestigiar al otro delante de los hijos, creándose dos bandos familiares enfrentados, en los que los niños participan activamente.

En cualquier caso, los efectos del divorcio sobre los hijos, en muchos casos, desemboca en la consideración de los niños como una riña entre dos bandos, donde el más poderoso gana el derecho a permanecer en el hogar. En determinados momentos apoyan a uno u otro. Aunque los padres traten de que los hijos no tomen partido, éstos sienten que deben hacerlo, experimentando gran desasosiego cuando lo hacen para sentirse más protegidos, porque sienten que están traicionando a uno de los dos. Si no toman partido, se sienten aislados y desleales hacia ambos progenitores, convirtiéndose en un problema sin solución. Uno de los extremos de esta problemática es el llamado “Síndrome de Medea”. Se trata de padres que dejan de percibir que los hijos tienen sus propias necesidades y comienzan a pensar que son una prolongación de ellos mismos. Puede llegarse al extremo de utilizar al niño como venganza o que la ira impulse a uno de los padres a secuestrar al hijo.

En 1988 Johnston y Campbell comienzan a utilizar el término alienamiento para referirse a las preferencias hacia uno de los progenitores que inevitablemente alejan a los hijos del otro. Lampel, en 1996 encontró niveles de rigidez, defensividad y represión en ambos padres, panteando que los hijos tienden a linearse con el que consideran y sienten más abierto, capaz y solucionador de problemas.

Existe asimismo un estudio de Buchanan con adolescentes en el que se encuentran  con que los altos niveles de conflicto y hostilidad entre los padres, así como una baja autoestima cooperativa predicen este estado en los hijos.  Cuando un conflicto es extremadamente intenso entre los progenitores altera la interacción familiar, de manera que los hijos se sienten temerosos por el hecho de tener una relación estrecha con uno de los padres y el efecto que puede provocar en el otro.

Según estudios, parece ser que son los niños varones los que tienen mayor posibilidad de verse implicados en conflictos de lealtades.

Ignacio González Sarrió (Perito Forense)

 

 

 

 

 

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